ENFOQUES NO CONVENCIONALES PARA EL TRATAMIENTO DE LAS DEPENDENCIAS

Dr. Ignacio Fojgel.

 

Un vuelo de pájaro, reconociendo el terreno de las diferentes terapias alternativas para adictos peso pesado.

 

EL AUTOR.  Médico especialista en Problemática del uso indebido de drogas, también en Ginecología y Obstetricia y en Diagnóstico ultrasonográfico (ecografías). Miembro de la Asoc. Arg. de Medicina Antroposófica y de la Soc. Arg. de Medicina Biológica Integrada. Miembro vitalicio de la American Medical Society of Viena. Fundador y Profesor Titular del Departamento de Medicinas Complementarias e Integrativas de la Facultad de Medicina de la Universidad Maimónides (2002-2005). Hasta su reciente fallecimiento, fue uno de los profesionales de la salud más eruditos del continente americano.

 

 

La naturaleza artificial de las categorizaciones en el tema de las drogas se pone de manifiesto en la necesidad casi obsesiva de definir una y otra vez los términos con que pretendemos traer a la realidad un fenómeno que se nos escapa por múltiples grietas.

“No hay enfermedad, sino enfermos”, dice el aforismo médico, mientras procedemos  a aplicar las Normas de atención Infectológica a la hepatitis de la cama 4.

Pero con las drogas no es tan fácil eludir la individualidad biológica del sujeto, su biografía, su historia clínica, su entorno y, en fin, la específica sustancia y su patrón de uso, abuso o eventual dependencia.

El actual status legal de la cuestión impide todo control gubernamental sobre la pureza de las sustancias, por lo que decir, por ejemplo: “adicto a la cocaína” podría constituir un doble abuso de la lengua castellana. Porque no es cosa menor que la(s) sustancia(s) de corte (entre un 50 y un 90 % del polvo inhalado) sea desconocida. La cadena de distribución suele adulterar a cada paso el producto con cualquier cosa blanca, amarga o no, y pulverulenta. Así, el corte puede bien ser fuente de daño agregado (fiebre, temblor, daño de las mucosas nasales, etc.). Y si es un psicoactivo, dependencia u otras interacciones.

Por otra parte, la cara cocaína (clorhidrato) que en general se inhala o a veces se inyecta, no es lo mismo que la barata y burda pasta de coca (sulfato, al cincuenta por ciento) que se fuma, y que comparte escaladas en la dependencia con la carísima y pura pasta básica de cocaína -crack o free base- que también se fuma.

Y ninguna de las anteriores, ilegales de toda ilegalidad, tiene nada que ver con la indispensable y tradicional coca de hojas, que no se masca o mastica sino que se chaccha, acullica o mambea_se_ en el área andina desde Colombia hasta el noroeste argentino, o con la infusión de hojas (mate de coca) que es consumida por otros estratos sociales como digestivo, legal y cotidianamente.

La confusión entre estas diferentes formas de presentación es propia tanto de inocentes legos y pseudo expertos como de interesados reduccionistas de la geopolítica, la ingeniería social , y sus difusores.

En cuanto a adicto, no es un término diagnóstico en la clasificación internacional (ICD-10): la OMS aconsejó su abandono en favor del término dependencia ya en los años sesenta. Que siga sobreviviendo habla de algún valor intrínseco, o de un malentendido, quizás propositivamente mantenido. Desde el punto de vista etimológico, la palabreja tolera varias disecciones aunque en casi todas subyace el concepto de sumisión a un causa o voluntad ajena.

 

“Del latín: ad-dictus (de addico, addicere= adjudicar, entregar, dedicar)= entregado, dedicado, consagrado, dado, abandonado a, condenado, vendido. Deriva de dicere= decir”. En  suma: ser dicho.

En castellano tiene como significados principales, desde 1726 por lo menos: “//ser partidario, conforme con cierta doctrina,// apegado,// muy dedicado,// agregado a alguien para desempeñar algún cargo o acción, adjunto,// quien admira, respeta, sigue o acata a alguien determinado”. Recién desde 1975 figura”//(Medicina). Se aplica a la persona que es incapaz de resistirse a tomar drogas” (Ma. Moliner, Diccionario de uso del español.)

El francés ni siquiera existe palabra derivada de addictus.

El significado en castellano médico es el primero en inglés común, y son coloquiales y figurativas algunas de nuestras principales acepciones.

¿ De dónde habrá venido el trepador significado barbárico?.

 

Que los médicos consideramos enfermos de una nueva enfermedad a los “adictos”, y por lo tanto pasibles de tratamiento _toxicológico, psiquiátrico o psicológico_ es una generalización injustificada que obvia los aspectos morales (mores= costumbre) y de autocontrol voluntario, al tiempo que justifica excesos legales y hegemonías profesionales, relegando otras lecturas y motivos posibles (como el control social y geopolítico subyacentes, el ejercicio del poder de prohibir, el mantenimiento de la ilegalidad por razones de la salud pública, etc.).

En aras de este novel campo de acción, los médicos hemos perdido la libertad de usar y recetar según las reglas del arte, muchas sustancias extremadamente útiles e “interesantes” _DEA dixit en 1985_ . Aunque reconocer al MDMA como interesante, y recomendar su estudio científico no fue óbice para que, acto seguido, lo enterraran en la lista equivocada.

La sub-utilización de los opiáceos (morfina y derivados) en cirugía, cancerología y pediatría es un producto de la desinformación y el miedo a ser considerado demasiado indulgente en su administración. Consecuentemente, debería ser calificado de uso indebido por defecto u omisión, ya que sus causas no son médicas ni científicas, sino políticas, legales y morales, y hasta religiosas o filosóficas.

Pero volvamos a nuestro “adicto” (supongamos que a la cocaína), que es por definición incapaz de resistirse a tomar droga. Ya que la cocaína inhalada no genera dependencia física significativa, no parece estar en el metabolismo la razón de la incapacidad del “enfermo”. ¿Estará en su mente?. ¿Y antes o después del consuno?. Buscar la cura en las profundidades del inconciente y en el pasado _aunque engorroso y largo_ es útil e instructivo, especialmente para el psicoanalista.

Otras técnicas, de carácter terapéutico son, como cuadra a la situación, más expeditivas_ terapia sistémica, biofeedback, programación neurolinguística, etc_.

Pero primero: “internación, abstinencia, desintoxicación, calmantes y antidepresivos”, en general por orden del ministerio público. ¿Y su mente? Medicada, drogada legalmente. ¿ Y su espíritu?. ¿ Cuál?.

No es casualidad que quienes reclaman las mejores estadísticas de curación sean, en general, agrupaciones de orientación religiosa o espiritual, como Alcohólicos Anónimos, Narcóticos Anónimos. etc., o de las diferentes religiones, como las comunidades católicas del padre Rahm en Brasil, el monasterio budista de las Cuevas de Bambú en Tailandia (Tham Krabok), y otros.

Ejemplos de la institucionalización de la “manía religiosa” según William James, o de la “cibernética del sí-mismo” de Gregory Bateson.  La pertenencia a un grupo, el abandono de la voluntad personal, y el cultivo de lo espiritual son elementos intangibles de difícil cuantificación, pero indudablemente operativos frente a esta problemática.

Mal que nos pese a médicos y terapeutas modernos, algunas sociedades que llamamos primitivas tuvieron y tienen respuestas efectivas para curar la vida, para lidiar con la adicción, la intoxicación, la adolescencia, y otros pasajes y conflictos.

Pero están en peligro de extinción ante el avance arrollador de la civilización de consumo y la obliteración de sus saberes tradicionales, enfrentados a conductas y tóxicos ante los que no tienen respuesta social o metabólica. Igual que nosotros hoy, aunque no lo veamos tan claro.

El indio americano, por ejemplo, no tiene una respuesta correcta metabólica ni cultural para la leche de vaca, el azúcar, y el alcohol. De allí la actual alta incidencia de diabetes, obesidad, violencia familiar. suicidios, alcoholismo y síndrome fetal alcohólico, todos desconocidos o raros “illo tempore”.

El uso de las sweat-logdes, especie de baño sauna o de vapor asociado a plantas medicinales, como práctica curativa y espiritual está resurgiendo entre los nativos norteamericanos. Hoy se comprende su poder desintoxicante, curativo y preventivo _aumenta el consumo de oxígeno, estimula la transpiración, y la competencia del sistema inmunitario_. No es tan evidente su utilidad para conseguir estados alterados de conciencia o visiones, sin incorporación de sustancias, y el papel que esto juega en la dinámica personal y grupal.

Salvo en climas extremos, en todo el mundo crecen plantas curativas que se pueden usar para modificar la función hepática y renal, acelerar el tránsito intestinal, promover sudoración o fiebre, y así depurar inespecíficamente el organismo. Las poblaciones nativas y sus curadores han conservado el conocimiento ancestral de estos usos, especialmente en las áreas menos influenciadas por la “civilización”. La integración de técnicas en un esfuerzo para conseguir “salud para todos en el año 2000”, tal como nos exhorta la OMS desde la “Declaración de Alma-Ata” es, respecto a las drogas, una realidad palpable sólo en pequeños pero significativos enclaves: “Wat Tham Krabok” en Tailandia, “Takiwasi” en Perú, “Aillu Tinkuy” en Argentina.

La prohibición del ancestral consumo de opio del norte de Tailandia, y su sustitución por heroína (también prohibida, pero más rentable) o alcohol, creó más de un millón de dependientes problemáticos.

Una comunidad de monjes budistas, “Wat Tham Krabok”, situada a 130 km. de Bangkok, enfrenta el problema con complejas fórmulas de plantas medicinales y vomitivas, baños tipo sauna, una disciplina diseñada especialmente, y un compromiso personal_ saija_ de abandonar para siempre la droga, ante su respetado abad. El vínculo se sella con una ceremonia significativa. La rutina, ya probada por ochenta mil persona en treinta años, dura 10 días. El fracaso reconocido en el largo plazo es cercano al veinticinco o treinta por ciento.

Takiwasi, cerca de Tarapoto, en plena selva amazónica peruana, encara el creciente problema de la pasta de coca y otras dependencias con un enfoque de raigambre indígena, dirigido por médicos.

Ayunos totales o parciales, aislamiento en la selva con ingestión de plantas autóctonas, de varios días de duración promueven la necesaria desintoxicación, y una preparación con miras a las experiencias trascendentes imprescindibles para un efectivo abandono de las conductas de consumo y abuso de sustancias.

Los conocimientos médicos occidentales enriquecen con la sabiduría herborística y curadora de los “maestros” de las plantas, indios y criollos.

La Comunidad Encuentro-Aillu Tinkuy, ubicada en Gral. Villegas, provincia de Buenos Aires, Argentina, provee atención a portadores del virus HIV y enfermos de SIDA, así como toxicodependientes. Es dirigida con un enfoque ecléctico, por un psicólogo clínico.

Aunque basada en el método peruano, el Aillu Tinkuy no es ajeno a la idiosincrasia y al sentir de sus integrantes, al tiempo que introduce tradicionales prácticas de curación. Los estados de conciencia provocados por la percusión, la hiperventilación y las plantas, en un ambiente grupal inmerso en la naturaleza, son los ejes alrededor de los que se resignifica la vida, cargándola de trascendencia y sentido.

Las plantas vomitivas merecen un párrafo aparte, dado su uso en tantas medicinas tradicionales de todo el mundo. Su efecto desintoxicante se acompaña de una inversión del peristaltismo, que disuelve tensiones musculares de origen psíquico, según W. Reich. El vómito, que acompaña también a la ingestión de muchas sustancias alucinógenas, es terapéutico inclusive por su valor simbólico de purificación. La “purga” con huachuma (Trichocereus peruvianus), y a veces con yawarpanga (Aristolochia didima), tradicional entre los pueblos del Tawantinsuyo, vuelve hoy por sus fueros en la problemática psicofísico-espiritual de las dependencias.

Las medicinas no convencionales son una fuente preciosa de técnicas y conceptos con que encarar los problemas que comporta el uso abusivo de sustancias.

La Homeopatía, creada por Samuel C. Hahnemann a fines del siglo XVIII hace uso de plantas, minerales, o productos animales para corregir en el enfermo aquel estado patológico que estas sustancias producen en el sujeto sano.

Así una preparación de Plumbum diluido a la D10 (1×10-10) reinstaura la excreción urinaria de plomo en un intoxicado, actuando cual vacuna. Y Cocainum cura los chasquidos que perciben en sus oídos los que consumieron cocaína. Muchas sustancias así preparadas tienen implicaciones en el plano psicológico y pueden ser estudiadas a la luz de las teorías de C. G. Jung.

La Auriculoterapia, una rama menor de la reflexología y la acupuntura, se usa en Hong Kong desde 1975 para atenuar el nerviosismo y mejorar la función renal y pulmonar en los adictos a la heroína, en los diferentes estadios de la deshabituación. Actualmente se usa como coadyuvante en centros de tratamiento de varias ciudades de Estados Unidos (Seattle, New York, etc.). Y también, en Holanda, especialmente para atenuar la dependencia psíquica de los usuarios de cocaína.

La Antroposofía de Rudolf Steiner, siempre consideró la adicción como una enfermedad de la voluntad, una patología del espíritu. La medicina de orientación antroposófica, una ampliación del arte de curar, desarrollada en los años veinte y reconocida hoy por la OMS y la Comunidad Europea, preconiza preparaciones similares a la homeopatía, por ejemplo, para fortalecer la voluntad, complementados con:

– ejercicios de vocalización y movimientos de marcada acción psíquica, física y espiritual (Euritmia).

– una dieta natural, sin agroquímicos ni conservantes u otros agregados.

– terapia artística.

Las imágenes paracélsicas de las asignaturas cobran nuevo sentido al constatar la acción de la medicina antroposófica sobre los diferentes niveles de organización del cuerpo humano. Desde lo físico hasta lo espiritual pasando por lo anímico y metabólico, puede ser influido por las diferentes preparaciones de plantas y metales, ejercicios, actividades, sonidos, colores, alimentos.

Lo arcaico de la terminología y de los símbolos usados no implica más que el hecho de su eficacia como insustituibles vectores de significados complejos.

La Homotoxicología de Reckeweg, una nueva interpretación de la doctrina de Hahnemann a la luz de la ciencia moderna, que propuso una explicación novedosa de la fisiopatología a través de los defectos de la regulación cito-neuro-hormonal, (en especial el Sistema Básico de Alfred Pischinger, de la Universidad de Viena), combina la farmacopea homeopática con sustancias de neto origen moderno (intermediarios del ciclo de Krebs, enzimas, quinonas, etc.), y preparaciones mixtas a las que se agregan productos de origen biológico. Clasifica las enfermedades y estados en dos grandes áreas (fases humorales y celulares) a ambos lados de un “corte biológico” (lesión) y de la superficie en la profundidad, con la “Neoformación” como estadio celular ultérrimo del continuum de evolución de la salud a la enfermedad.

La conclusión más importante es la visión trans-especialidades del proceso de defensa y compensación llamado enfermedad, y que responsabiliza del mismo al sistema retículo endotelial, a la defensa neural refleja, al eje hipofiso-suprarrenal y a la capacidad desintoxicante del hígado y del tejido conectivo mesenquimatoso, y no tanto al agente tóxico externo, la bacteria, o el virus.

Los remedios florales de Edward Bach son un sistema desarrollado a partir de una comprensión de la enfermedad como expresión de estados del espíritu. El miedo, la culpa, la nostalgia, y otros (38 en total) son los eventuales estados anímicos que pueden afectar el desarrollo de una enfermedad física asociada, perpetuando o alargando su evolución.

La resolución de estos aspectos conlleva la extinción del efecto. Su utilización está muy extendida en el Río de la Plata entre los profesionales no médicos, a los que les está vedado recetar medicamentos, y entre legos, tal como lo recomendara su creador.

Los suplementos nutricionales (vitaminas, minerales, aminoácidos, enzimas, plantas, hormonas naturales, etc.) son alimentos que pueden utilizarse como modificadores de la respuesta biológica de un órgano o sistema, o proveer a las carencias -por ejemplo, de ciertos mediadores cerebrales-, provocada por el abuso de sustancias.

Son de venta libre, pero su clasificación en esta categoría depende de la política y del poder relativo del público, los médicos y la industria farmacéutica en cada país. Los extremos se ejemplifican con los Estados Unidos -donde no es necesario más que registrarlos informativamente con la Food & Drugs Administration-, y el Uruguay -donde nada que venga en comprimidos es aceptado como alimento o suplemento nutricional, y cae bajo la veleidosa órbita protectora del Ministerio de Salud Pública–. ¿Los Tic Tac necesitarán prospecto y los M&M se expenderán bajo receta en todo el territorio de la república ?

Por último debemos encarar la más apocalíptica herejía: la utilización de drogas para el tratamiento de las droga-dependencias.

A fines del siglo pasado se intentó curar el morfinismo con la heroína, y a estos y al alcoholismo con la cocaína.

Hoy, mutatis mutandis, se encara a la heroína con la metadona, como “mantenimiento”, y quizás como castigo, ya que ésta, además de poco placentera, puede ser más difícil de abandonar todavía que aquella.

 

Aquí recaemos en el diccionario y los léxicos: Droga viene, desde fines del siglo XV, del antiguo holandés Droog  //  sustancia desecada -es decir, sustituto de la sustancia fresca. De allí los significados figurados y coloquiales en español: // cosa desagradable o molesta, // trampa, embuste, engaño.

Derivaría de la palabra celta que significa malo = drwg (galés), droch (irlandés), droug (bretón), o del latín  trochus // píldora medicinal.

Droga: // cualquier sustancia que se prepara y vende para cualquier finalidad, para usos industriales, pintura, limpieza, etc., (…) más concretamente aplicable a los alcaloides. La Real Academia incluyó en su diccionario estas últimas acepciones en la década del ´60.

 

            Debemos consignar que el arsenal químico contra las tóxico-dependencias que viene usando la medicina académica es, emergencias aparte, cuantitativamente más bien pobre, y conceptualmente paupérrimo.

Este defecto insalvable ha obligado a los médicos a abdicar competencias, y a la aceptación de las psicoterapias. A su vez el alcance relativo de éstas ha validado la intervención de legos idóneos (ex-adictos) en el manejo ya multidisciplinario de este campo en franca expansión.

La nueva e insólita propuesta es tratar la dependencia a sustancias con otras sustancias.

Nada nuevo, parece. Salvo que no se trata de sustitutos, como la metadona para la heroína, ni aversivos como el disulfiram contra el alcohol, ni tampoco antídotos como la naloxona para con la morfina y otros opiáceos.

Tampoco son análogos o parientes , como la cafeína (del café) con la teína (del té), la teobromina (del cacao) y la mateína (del mate), todas xantinas y creadoras de dependencia.

Por sobre todo, y aunque son alcaloides aislados o plantas psicoactivas, se caracterizan por no generar dependencia alguna, física o psíquica.

Se trata de una nueva categoría: “los interruptores de adicciones”, cuyo modo de acción se está tratando de dilucidar.

La más interesante de estas sustancias, que figura en las listas oficiales de estupefacientes como “sin uso médico” (v. g. ilegal) es la ibogaína, venerable anciana con cien años de historia científica.

Está siendo estudiada pre-clínicamente en varios centros de investigación, pero está en uso, aunque fuera de los Estados Unidos. Tres patentes norteamericanas protegen su uso como interruptor de adicciones a nombre de H. S. Lostsof, quien percibió por primera vez ese efecto en varios heroinómanos, hace ya 35 años. Pero no sólo interrumpe la dependencia, sino que minimiza el síndrome de abstinencia. Una cruda investigación inicial propugnó su uso terapéutico y su reconocimiento legal, que tarda en llegar.

La capacidad de la ibogaína para provocar una revisión biográfica de treinta o más horas de duración, y que permite resignificar el pasado tras su visualización con el ojo de la mente, es el punto de partida para una psicoterapia breve e intensa, que lo desactiva.

La ibogaína, uno de los alcaloides de la Tabernanthe Iboga, se extrae de las raíces de esta planta del África ecuatorial.

La raíz es usada allí por las etnias fang, mistogo y otras, en Gabón, Camerún y Guinea Ecuatorial, en el culto mbuiti o bwiti _”de los antepasados”_ de aparente origen pigmeo. La eboka es un alucinógeno sagrado (enteógeno: en= dentro, theos= dios, geno= generado) o sacramento, alrededor del que se desarrolla el culto. Este presenta muchos elementos de sincretismo con el catolicismo y múltiples similitudes con algunos rituales masónicos de iniciación, especialmente las versiones fang.

La fe en los misterios es aquí trocada en experiencia alucinogénica. Antes de rechazar el concepto, recordemos los Misterios de Eleusis y su influencia, a través de los griegos, en nuestra propia cultura.

De fármaco largamente vedado al consumo y a la investigación médica _en flagrante desafío al artículo 2 de la Convención de La Haya y las siguientes_ ha pasado a ser autorizado para la investigación tóxico y farmacológica por selectos grupos de científicos (Sánchez Ramos y D. Mash, de la Universidad de Miami, y otros) con miras a su pronta utilización reconocida en la terapia psico-química de las dependencias.

Otros enteógenos, alucinógenos u onirógenos candidatos a estudios científicos con miras a la validación de un uso similar son : el complejo ayahuasca o yagé (Banisteriopsis caapi  y Psychotria viridis), los cactos mescalínicos _el peyote ( Lophophora williamsii), el San Pedro (Trichocereus pachani) y la Huachuma (Trichocereus peruvianus)_.

Todos los grupos étnicos y religiosos que los utilizan (más de medio centenar de tribus amazónicas, los huicholes, los quechuas, la Iglesia Nativa Americana, el Alto Santo, también conocido como “Santo Daime”, la Cefluris, la Unión del Vegetal, y muchos más), sostienen que su uso según condiciones y reglas culturales sacras o religiosas establecidas, produce una re-significación de la perspectiva vital y espiritual del individuo y su grupo de pertenencia, en donde no hay lugar para el consumo de tóxicos en un sentido amplio, y especialmente de aquellos que producen dependencia. Hasta drogas “benignas” como el café, el azúcar y el chocolate dejan de tener atractivo para algunos experimentadores.

Notablemente se trata de especies de origen vegetal oriundas de América, donde incontables generaciones han usado plantas para lograr estados de trance y modificar su conciencia.

No está de más repetir que no generan dependencia física o psíquica. Son más bien una dura prueba, un enfrentamiento con la realidad “otra”, que cuesta volver a encarar.

Por eso y porque son un patrimonio cultural bien administrado por sus iniciados y por grupos religiosos, no pesa sobre estas preparaciones ninguna restricción legal o amenaza, salvo los intentos esporádicos de los prohibicionistas a ultranza, modernos inquisidores siempre al acecho.

La conciencia nativa ha ido moldeándose alrededor de la influencia de estas preparaciones vegetales. Muchos han sido dominados por ellas, hasta dominarlas y llegar a ser señores de las plantas, maestros de su enseñanza.

Este concepto, hasta ahora poco comprendido por la mente científica y moderna, es operativo en las acciones y vida de personas como los vegetalistas amazónicos, los paleros, los mal llamados chamanes indios americanos, y sus sociedades (shuar- “jíbaro”, shipibo-conibo, y otras etnias), y entre los fieles y participantes de iglesias y grupos que comulgan con su uso.

Ya desde los años ´50-´60, esforzados psicoterapeutas propusieron navegar el inconciente impulsándose con alucinógenos tanto aislados naturales como de síntesis. Alberto Fontana en Argentina, Salvador Roquet en México, Claudio Naranjo, Stanley Krippner y Stanislav Grof en Estados Unidos, hicieron escuela. Utilizaron LSD-25 (Delysid, de Sandoz), ketamina (Ketalar, de Parke-Davis), mescalina, psilocibina, ibogaína y otros, con resultados muy promisorios.

Pero el temprano interés por el uso bélico de estas sustancias, que las fuerzas armadas y otras agencias gubernamentales de todos los bandos desarrollaron, rápidamente las enterró en listas vedadas no sólo al uso terapéutico, sino incluso a la investigación científica básica y aplicada.

Tampoco ayudó el entusiasmo indiscriminado de la contracultura por su uso místico profano y recreativo. Como resultante, muchos científicos fueron objeto de persecución, no sólo ideológica, sino legal.

El fin de la Guerra Fría no ha reclasificado aún a estos “rezagos” quizás porque así, ilegalizados, aún son útiles como disuasores de conductas y pensamientos desviados.

Pero al seguir en ese estrecho camino perdemos la posibilidad de probar y aumentar su utilidad en fisiología, fisiopatología, bioquímica, neurología, medicina del dolor, psicoterapia, psiquiatría, toxicología, cuidados paliativos, y más. Todas son ciencias adultas, que sin duda tienen instituciones, reglas, controles y ética suficientes como para prevenir e impedir desbordes fuera de sus fines.

Y llamamos a esta década la “década del cerebro”…

Nociones como telepatía, aprehensión directa de información de la naturaleza o de otros seres vivos, comunión con el cosmos, sentimientos de unidad trascendente, son de difícil objetivación, y alcanzan los confines de la religión.

Para la ciencia sería suficiente probar que podrían brindar una vida psíquica libre de dependencias y un metabolismo capaz de funcionar sin tóxicos.

Está por verse si tendremos la grandeza de hacernos cargo de las implicancias sociales, culturales, económicas, políticas, terapéuticas, sanitarias, religiosas y legales de semejante dato.

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