LA MAMÁ Y SU BEBÉ EN LA INTIMIDAD

Dr. Alberto Grieco – Lic. Mirta Videla

Del útero al regazo materno, de la gestación interna a la gestación externa hay un salto que sólo puede ser cubierto por el amor; de la madre, del padre, de la familia pero también de todos quienes ayudan al nacimiento, instituciones incluidas. La ecología de la gestación externa exige primero amor, cuidado, y después libertad; invertir la ecuación conduce al descuido, al abandono. Los nacimientos prematuros y la problemática social de las madres adolescentes solteras. Tratamiento interdisciplinario en grupos operativos para la psicoprofilaxis neonatal

 

 

LOS AUTORES. Mirta Videla, psicóloga, y Alberto Grieco, pediatra, vuelcan en este artículo más de tres décadas de experiencia en el área de la salud materno-infantil. Sostenedores ambos de una metodología interdisciplinaria en psicoprofilaxis obstétrica, la licenciada Videla ha desarrollado su actividad como investigadora, asesora, docente y autora de numerosos artículos y libros. El doctor Grieco, a su vez, es pediatra homeópata, se ha desempeñado como docente en Pediatría Humanista y ha puesto en marcha programas materno-infantiles en servicios municipales de psicoprofilaxis en comunas del Gran Buenos Aires. Juntos han elaborado el libro Parir y Nacer en el Hospital (Bs.As.: Nueva Visión; 1993), del cual fue editado el presente artículo y donde se refleja no sólo una crítica coherente de las instituciones de salud, sino también una historia de lucha y amor por el bienestar de todos aquellos que participan en el nacimiento humano. Hoy en día, Alberto Grieco es Director de Pediatría del Hospital Materno-Infantil de Tigre, Provincia de Buenos Aires.

 

 

 

La más acabada representación humana de la intimidad es el embarazo. Intimidad es unión y ésta se produce cuando dos individuos establecen “contacto corporal”. En la gestación biológica participan padre y madre (hombre y mujer) pero el protagonista de esa “gestación compartida” es sólo el organismo de la madre.

La Madre y su hijo alojado en su útero son una estrecha relación de intimidad, que según algunos autores como Florencio Escardó, no es una etapa diferente a las siguientes en cuanto a la calidad de este contacto. Se considera entonces que el período fetal dura 21 meses (embarazo más primer año), como forma de simbiosis diádica en progresiva disolución hasta alcanzar la individuación y posterior socialización.

Las etapas se imbrican y se superponen, de manera que podemos decir que el período fetal de estrecha intimidad entre madre e hijo se divide en dos etapas, interogestación y exterogestación, separadas por el parto, que es el hecho de nacer, el cual visto desde nuestra perspectiva es sólo un “trasmundo”.

Cuando el feto sale del apretado abrazo uterino, ya ha cumplido un proceso de individuación y diferenciación biológica. Este proceso se realiza bajo lo que puede ser descrito como “ley de la placenta”, la cual cumple las funciones del feto justo hasta el momento en que éste es capaz de cumplirlas por sí mismo. Cada adquisición fundacional de éste se correlaciona con la pérdida de la misma función de la placenta, hasta que en el noveno mes ya no tiene nada que hacer porque el feto es capaz por sí mismo.

La ley de la placenta es parecida a la función familiar: los padres deben aprender a retirarse a segundo plano cuando los hijos han madurado y logrado su autonomía de vida.

“Se considera que el período fetal dura 21 meses  como forma de simbiosis diádica en progresiva disolución.”

Las impresiones iniciales que recibimos como seres vivos, al flotar “acurrucados” dentro del muro protector del útero materno, son sensaciones de íntimo contacto corporal. Las intimidades uterinas, pocas veces tomadas en consideración o mal interpretadas por algunos autores con un enfoque reduccionista (en relación con su concepción del supuesto “psiquismo fetal”), son muy importantes para poder comprender los vínculos infantiles, las intimidades del niño y su posterior proyección e influencia sobre la vida amorosa de los adultos.

El ritmo cardíaco es un modo básico de comunicación intrauterina, las madres cargan automáticamente a sus hijos del lado del corazón, e inician el amamantamiento del mismo lado con más facilidad.

Con la salida del claustro materno, la dependencia materna no cesa, sino que se traslada a un nuevo medio, el de la exterogestación. El pequeño va a enfrentar una nueva situación ecológica y cae bajo el efecto de las constantes de su identidad: el aire de la respiración atmosférica, la gravedad, los olores de las personas y las cosas, las bacterias y los hongos y los biorritmos. Además experimentará hambre, sed, necesidad de respirar, frío o calor. Por primera vez conocerá también el dolor.

El pequeñito esperado al nacer está mojado y grasoso (unto sebáceo), respira y luego llora, se mueve, protesta, jadea, hace muecas y grititos hasta que se calma y duerme. La tormenta ha pasado. Ahora necesitará mucho de su mamá, mejor dicho necesitará mucho del “cuidado maternal”, que será por sobre todo contacto e intimidad, parecido a lo que había en el cómodo alojamiento de la matriz. Los brazos maternos deberán reemplazar el abrazo uterino, de manera que este estrecho “cuerpo a cuerpo” sea intenso y saludable.

La madre realiza un paso del útero al regazo y el bebé disfruta de la piel de su mamá, por lo que se le suele recomendar a ésta evitar la ropa en el tórax, durante los primeros tiempos, cuando amamante al bebé.       Desde luego no es lo mismo abrazar que sostener a un niño.

“El ritmo cardíaco es un modo básico de comunicación intrauterina: las madres cargan automáticamente a sus hijos del lado del corazón, e inician el amamantamiento del mismo lado con más facilidad.”

La madre restituye la situación uterina, abraza al niño, lo mueve balanceándose o da pasos de hamaca, de adelante y hacia atrás, también lo sacude de arriba hacia abajo. La reproducción de oscilaciones experimentadas dentro de la matriz produce un efecto sedante.

El recién nacido experimenta hambre de oxígeno, por su inmadurez en regular el ritmo respiratorio pulmonar. La madre por medio del contacto y el movimiento oscilatorio, estimula su respiración. Por eso resulta tremendo ese conocido consejo de “dejarlo llorar para que no se haga mañoso”, cuando el pequeño está llorando por necesidad de estimulación respiratoria.

Las madres suelen obrar con la fórmula invertida: en lugar de proteger y retener al pequeñito, para que pueda de a poco ir desprendiéndose de la situación uterina perdida (necesario por su inmadurez) y de alejar a los hijos mayores para que logren mayor autonomía, obran exactamente a la inversa: alejan al pequeño e intentan retener a los mayores. Invierten la ecuación: primero amor y luego libertad. Algunos animales poseen una madurez privilegiada que les permite asirse del cuerpo materno al salir del útero, como los monitos pequeños. El bebé humano es menos atlético, no posee fuerza en los brazos y sus pies no son prensiles. Es la madre quien debe hacer todo el esfuerzo inicial para mantener el apego corporal. Sólo rudimentarias huellas de la conducta animal evolutiva han quedado y le duran apenas dos meses: el reflejo de Moro y el de asimiento. Uno tiende a pensar en el cansancio de la madre del recién nacido, pero desconoce en ocasiones procesos biológicos de esta maravillosa naturaleza que corona a la maternidad. Durante el embarazo la progesterona posee un “efecto relaxina”, que actuando sobre los ligamentos proporciona una peculiar elasticidad y relajación, que favorece el mecanismo del parto.

Esta capacidad no desaparece bruscamente con el nacimiento del niño, sino que retrocede poco a poco, lo cual le provee naturalmente de una especial aptitud de sostener al bebé en brazos, sin muchos esfuerzos. El regazo es como un útero externo. En la mayoría de las llamadas culturas primitivas el niño durante los primeros meses permanece en contacto con la madre, en sus brazos, o sostenido con una mochila, pañuelo o paño, en contacto con su cuerpo. Las madres modernas no pueden darse este placer. Muchas de ellas sustituyen el cuerpo por el calor o el abrigo, como reemplazo del refugio calentito del cuerpo de la madre.

El abrazo es sin duda la forma más parecida a la contención uterina. Pero luego de nacido el niño encuentra en la madre otras formas de intimidad amorosa: las caricias, los besos, las palmaditas, la limpieza y manipulación del cuerpo. Estos actos poseen un ritmo peculiar y un vigor personal. Podemos observar, cuando un niño lloriquea, cómo la madre lo abraza, lo mece, le da palmaditas en la espalda y le susurra palabras cariñosas al oído. Estas formas de consuelo aparecen demandadas en la vida amorosa de muchos adultos.

“Resulta tremendo ese conocido consejo de `dejarlo llorar para que no se haga mañoso´: en realidad, el pequeño está llorando por necesidad de estimulación respiratoria.”

En la intimidad del contacto, la madre y su bebé generan un código amoroso que es absolutamente imposible en el caso de separación entre ambos, cuando el recién nacido es llevado a la nursery o entregado a cuidados de otra persona. Este proceso “cuerpo a cuerpo” del binomio básico de las interrelaciones humanas se instala en los niños para condicionar una matriz vincular amorosa, que podrá observarse con facilidad en la vida del adulto. Cada persona podrá amar según la calidad con que ha sido amada desde su nacimiento.

Veamos un ejemplo de la observación de las conductas entre la mamá y su bebé. La madre abraza al bebé y le brinda suaves palmaditas en su espalda, con un cierto ritmo particular, tratando de tranquilizarlo, acompañándolo de murmullos que son casi un arrullo amoroso. Finalmente lo coloca frente al pecho y, en postura de acunamiento, lo contiene, le ofrece el pezón para que succione, en tanto lo sostiene, lo acaricia, le canturrea y lo amamanta. Allí vale la pena recordar la definición del diccionario de la palabra intimidad: “impregnarse y empaparse un cuerpo con otro”.

¿Cómo pretender crear artificialmente, en un ritmo externo definido por otros o por los horarios institucionales, el momento en que este maravilloso encuentro pueda aparecer? Es impensable. Sin embargo esto es lo que sucede en la mayoría de los hospitales públicos o privados.

Cuando nos detenemos junto al vidrio de cualquier “guardería” de bebés podemos observar que están arropados (sustitución del abrazo materno), la mayoría llora, otros se chupan desesperadamente los dedos como en un estado de abandono de su situación natural. Ninguno de esos bebés puede reclamar mediante el llanto la presencia de la madre para establecer la intimidad corporal primaria, la comunicación táctil, el reconocimiento olfatorio. El recién nacido entra a un mundo donde todo es nuevo y debe ser conocido o reconocido. Es pequeño e inmaduro, por lo tanto depende de su madre totalmente para sobrevivir. Pero también depende para poder tomar contacto con el mundo sensorial y afectivo que le permita iniciar su humanización.

La conducta materna de los primeros tiempos ofrece un cúmulo de estímulos que satisfacen necesidades de contacto, de movimiento, de succión, de alimentación, de calor, de oxígeno y cariño. El abrazo materno, su balanceo, sus besos y caricias y arrullos son una forma de satisfacer esas necesidades.

Por otro lado el bebé experimentará por primera vez la separación displacentera y el dolor. Frente a ella, nada puede reemplazar el abrazo materno, fuente de continencia esencial. En la adultez las personas podemos reclamar lo mismo ante el sufrimiento, aunque la represión de la cultura va despojándonos de este recurso, del que sólo nos queda a veces una palmadita en el hombro, un apretón en el brazo o una mano sobre la nuestra. Todas son formas de pseudo- intimidad, de afecto contenido.

“Cada persona podrá amar según la calidad con que ha sido amada desde su nacimiento.”

La presencia constante de la madre con el bebé en los primeros tiempos, desde que pasa del útero al regazo, es una necesidad insustituible, y las propuestas de esta privación  sólo constituyen salvajes ataques a un vínculo primordial que es base determinante de la salud de los seres humanos y de un sentimiento, acerca del cual mucho se habla y se escribe, aunque las más de las veces se hace todo por interferirlo: el amor.

 

LAS  MADRES ADOLESCENTES  SOLTERAS

Una cosa que nos preocupa en la actualidad es un tema que ha ido creciendo más y más: el problema de las madres adolescentes solteras y su clara relación con los nacimientos prematuros (prematurez). Parecería que el alto porcentaje que se nos presenta en la actualidad pertenece a sectores humildes, porque las chicas que pertenecen a sectores medios suelen acudir al aborto. Sacamos una conclusión posible relacionada con el significante del niño como “conflicto” en cada madre. Sin duda se trata en estos casos de la representación de “lo bueno-vivo”, en el marco donde reina lo “malo-destructivo” (lo no-libre, lo carente, lo no-alimentario, lo no-protector, la no-dignidad de lo humano).

Por ello la prematurez surge como el resultado de la interacción de estos factores. En un diálogo entre nosotros, recordábamos cómo estas “chicas” se escapaban de la Maternidad Municipal del Partido de Vicente López (Santa Rosa); desde allí se hacía la denuncia a la policía: las iban a buscar y se originaban escenas de dolor y de violencia. También en el servicio de Obstetricia del Hospital Alvear presenciamos escenas semejantes.

“En las zonas rurales, una madre muy jovencita es habitual: el mismo entorno las contiene y no las culpabiliza.”

Es un problema de ahora y de siempre cómo poder reinsertar a estas “chicas” en la sociedad. Especificando más, en las zonas rurales es el mismo entorno que las contiene y no las culpabiliza. Una madre muy jovencita es habitual. En la capital, es decir en los grandes centros urbanos, aparece otro contexto que las culpabiliza.

Las madres adolescentes plantean un serio problema, porque se ven obligadas a ser adultas y a cumplir un rol familiar en un momento de la vida que, sabemos,  no pueden cumplirlo. Este tema nos va llevando a otro más grave: la pobreza, el hambre, el desamparo, la falta de condiciones mínimas para la sobrevida que produce alta incidencia de mortalidad materna y mortalidad infantil. Estas son verdaderas armas que originan la destrucción masiva de sectores que no pueden ser absorbidos por la sociedad de consumo.

No es posible hablar solamente de salud y de prevención de enfermedad si no ampliamos nuestra mirada, ya que el problema excede el contenido médico-psicológico. Gilou García Reinoso afirma que:

“La salud es un deseo y una necesidad, pero también es un derecho; cómo ejercerlo si las condiciones de vida colocan a una gran proporción de la población en situación de exclusión; hablar en el lenguaje puramente médico oculta el problema social; la pobreza, la falta de higiene mínima, el hambre y la desocupación.”

Se calcula que mueren por día 60 niños menores de un año en el territorio de la República Argentina. La mitad, por causas que se pueden prevenir. La mayoría de estas muertes se producen el primer mes, y dentro de aquellas se calcula que el 90% se produce en los primeros días. Esto nos informa que la asistencia materno-infantil es superada por una realidad que no se puede contener.

Desocupación, disminución de los ingresos, exclusión social creciente, son los factores principales de los aumentos en las tasas de mortalidad materno- infantil.

Solamente el 60% de la mortalidad infantil se concentra entre la Capital Federal (17 ‰), Provincia de Buenos Aires (25 ‰), y Córdoba (24 ‰), es decir, los grandes centros industrializados.

La mortalidad perinatal depende del peso al nacer; si bien las causas son numerosas, se puede considerar que el 70% de dicha mortalidad está producida por bebés que pesan menos de 2.500 gr  al nacer, y el 50% por bebés que nacen con menos de 1500 gr. al nacer; el 1% de los bebés al nacer pesa menos de 1.500 g, ocasionan el 50% de la mortalidad neonatal.

PSICOPROFILAXIS NEONATAL DE LA PREMATUREZ

Cuando se trabaja en instituciones con internación conjunta, la labor es más sencilla: consiste en orientar a la madre y apoyar el vínculo, ayudándola a elaborar la situación de la prematurez. Es decir, orientar la tarea hacia el foco central del problema: la depresión por su “obra inacabada” y la herida narcisista que despierta.

Dentro de los elementos que despiertan enorme temor en la madre se encuentran la incubadora, el respirador, el sonido de los monitores, tubos, sueros, canalizaciones, y demás instrumental que rodea al bebé pretérmino, para su mejor atención (la tecnología pone en contacto con la fantasmática inconsciente y adquiere el valor de lo siniestro). La incubadora es vivida como un lugar de protección, pero también es signo de alto riesgo, de gravedad. Su presencia la “denuncia”, evidenciando su incapacidad de “incubar al hijo” en su cuerpo.

Quizá sea oportuno relatar el sueño de una madre para ejemplificar estos temores y fantasías. Una mamá de 19 años, en el segundo día de puerperio, tenía a su hijita en incubadora en estado delicado. Su sueño fue: “Yo tengo una pigmea que pone huevos, yo pienso que es muy chica y la pongo al horno, me olvido de que la puse y cuando voy a ver, está la pigmea cocinada y los huevos también” (temor a la incubadora, culpa-agresión con la beba, etcétera).

Nuestra labor no termina con el alta sino que sigue a través del consultorio externo evolutivo, donde valoramos cada vez más la utilidad de realizar grupos con padres de bebés pretérminos, coordinados, en nuestra experiencia, por un psicólogo y un neonatólogo. Esta “coordinación compartida interdisciplinaria” permite intercambiar información entre los profesionales y lograr una visión más integradora de la situación de estas familias. También tranquiliza a los padres, porque reciben una información con menor cantidad de contradicciones y dualidades.

En general, la gente que padece un mismo mal o vive en situaciones semejantes tiende a agruparse o quiere ser agrupada. La concurrencia a dichos grupos fue óptima y en ellos se elaboraban ansiedades y miedos de los padres respecto de sus hijos. Pichon Rivière habla de la necesidad de agrupamiento y de la horizontalidad enriquecedora del drama singular en el proceso de compartir entre todos (distribuirlo en cada uno y en el grupo).

“La incubadora es vivida como un lugar de protección, pero también es signo de alto riesgo y de gravedad. Su presencia “denuncia” a la madre, evidenciando su incapacidad de “incubar al hijo” en su cuerpo.”

En la experiencia del Servicio de Psicoprofilaxis y Psicohigiene se atravesó por la situación especial de desterrar la concepción del bebé pretérmino como un enfermo, quien supuestamente durante toda la vida requería “cuidados especiales”. Posteriormente esto se suele encontrar en las versiones de las personas que “fueron criadas entre algodones” (tal cual como se hacía con los prematuros antes de la existencia de las incubadoras), indicadores de una sobreprotección perturbadora del crecimiento y la autonomía.

Podríamos sintetizar este informe sobre psicoprofilaxis neonatal de la prematurez, describiendo dos áreas de trabajo posible para el psicólogo:

  1. Durante el embarazo junto al equipo obstétrico. La detección en las madres de fantasías de expulsión aporta datos al equipo interdisciplinario que pueden ser valiosos para el trabajo preventivo y la organización terapéutica posterior. También es importante el trabajo psicoterapéutico con madres internadas con fisura de bolsa o contracciones, que constituyen “amenaza de parto prematuro”.
  2. En el puerperio, el trabajo conjunto con el equipo neonatológico durante la internación del bebé en:
  •  grupos de pre-alta;
  •  grupos de padres de prematuros;
  •  tareas de enlace para la vinculación entre la sala de internación de puérperas y la sala de prematuros.
  1. Organización de grupos operativos, con las enfermeras de neonatología, con el fin de ayudarlas a elaborar la conflictiva personal que las lleva a problematizarse con las madres, en franca competencia por la función materna.
  2. Aportar, a los ateneos de los servicios, la información psicológica específica sobre estos temas, que puedan llevar a organizar actividades conjuntas con un marco referencial teórico compartido.

En el sentido más amplio del concepto: trabajar en grupos perinatales, promover la educación sanitaria de la población y contribuir al mejor cuidado de la salud pública. De todas las acciones posibles, pensamos que su conjunción puede contribuir positivamente en tareas de prevención de la prematurez, y también en las posibles secuelas de esta problemática en el niño y su familia.

 

 

 




 

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