RECONSIDERANDO LAS DROGAS

Dr Ignacio Fojgel

 

Estamos asistiendo al reemplazo histórico de las sustancias ancestrales por drogas industrializadas que no tienen una respuesta cultural adecuada. Se necesita incorporar en la discusión del tema a los grandes ausentes: la nutrición, la semiótica, la publicidad, la etnomedicina, la religión. Distorsiones sociales provocadas por el actual status jurídico. ¿Cómo educar gobiernos, medios masivos, líderes espirituales, autoridades en general para que sepan deslindar la supuesta progresión consumidores-enfermos-adictos-delincuentes? A río revuelto, ganancia de narcotraficantes…

 

 

EL AUTOR.  Médico especialista en Problemática del uso indebido de drogas, también en Ginecología y Obstetricia y en Diagnóstico ultrasonográfico (ecografías). Miembro de la Asoc. Arg. de Medicina Antroposófica y de la Soc. Arg. de Medicina Biológica Integrada. Miembro vitalicio de la American Medical Society of Viena. Fundador y Profesor Titular del Departamento de Medicinas Complementarias e Integrativas de la Facultad de Medicina de la Universidad Maimónides (2002-2005). Hasta su reciente fallecimiento, fue uno de los profesionales de la salud más eruditos del continente americano.

 

 

 

Casi todos los textos dedicados al tema de las drogas suelen comenzar con las definiciones de “droga”, “adicción”, “dependencia”, etc. No parece haber consenso en qué significan, a qué sustancia se aplican y ninguna definición parece satisfacer a todos.

Un ejemplo vivido: Lo intentó desde varios ángulos y opiniones, y al fin, frente a la pregunta: “Pero entonces, ¿qué es una droga?”, el distinguido profesor espetó “Droga es todo aquello que figura en las listas de sustancias prohibidas”. Nos pareció una expresión de fastidio ante tanta estolidez estudiantil, más que la respuesta científica. O quizás fue un último intento de limitar el problema. En esto nos pareció brillante: como funcionario y consejero internacional dio preeminencia a lo estatuido, y dejo afuera de la discusión, acaso diplomáticamente, a todas las sustancias técnicamente legales, pero con historia de abuso, abusadas, y por abusar. También incluyo tácitamente en su definición de droga un buen número de sustancias cuyo masivo uso abusivo fue promovido sólo por la prohibición y las condiciones económicas y legales que ésta genera. (Dos ejemplos flagrantes dentro de éste: ayer, el LSD 25 y hoy, el MDMA). En realidad, sin explicitarlo, dio la definición jurídica de droga, narcótico o estupefaciente -que allí son lo mismo-, cuando esperábamos la definición científica, más quimérica.

Con la globalización y la aparición de un orden mundial único, inevitablemente muchas de aquellas sustancias que ancestralmente fueron usadas para modificar estados físicos o anímicos en sociedades tradicionales, caen en la redada y son prohibidas, o imbuidas de tal valor económico que provocan distorsiones gravísimas, allí donde son producidas. Tal el caso de la coca y el opio. Otras, como el khat, la kava-kava, la marihuana y el hashish, de uso tradicional en países y regiones diversas, están siendo reprimidas, para terminar siendo reemplazados, –por culpa de la contabilidad– por alcohol, u otras drogas industrializadas (cocaína, heroína, éxtasis, etc.) para las que aún no tienen una respuesta cultural adecuada, y por lo tanto provocan inusitadas disrupciones psico-sociales, y hasta metabólicas.

 

“Los muertos, inválidos y enfermos por drogas ilícitas son abismalmente menos que los afectados por el alcohol, la nicotina y otras drogas legales, y menos que los afectados por el abuso de psicofármacos y otros medicamentos.”

 

No es novedad que ciertas etnias o razas presentan condiciones metabólicas no compartidas por el grueso de los caucásicos. Es clásico citar la alta incidencia de las diabetes entre los indios norteamericanos actuales, y su aparente intolerancia al alcohol, la intolerancia a la leche de vaca de africanos, afroamericanos, indígenas americanos, y orientales en general, etc. Estas variantes metabólicas condicionan así el impacto de las diferentes drogas en las sociedades en donde son consumidas, no menos que la alimentación, los usos y costumbres locales, así como las prácticas curativas y las creencias de los involucrados.

Tantos factores conforman esta constelación dinámica, que se impone una aproximación transdisciplinaria a los problemas del uso indebido de sustancias. Pero este enfoque compartido es en la práctica sólo una expresión de deseos. Los organigramas jerárquicos lo frenan, es sancionado por algunas leyes del ejercicio profesional, y rechazado por la autosuficiencia del propio saber. Cuando se logra sortear las dificultades conceptuales, aún es obstaculizada por la arquitectura, y arrinconada por los horarios, turnos, y demás barreras temporales. En un ulterior nivel de complejidad, se impone un verdadero trabajo en red de las diferentes instituciones involucradas, preservando identidades, jerarquías y funciones, pero sin descuidar al sujeto en cuestión.

Quizás debamos, por fin, agrandar nuestra mesa de discusión para los, hasta ahora, grandes ausentes: la nueva fisiopatología, la nutrición, la semiótica, la publicidad, la etnomedicina, las medicinas no convencionales, y por supuesto, la religión y los aspectos espirituales. Temas como la libertad y la ética estarán en el centro de nuestra discusión, mientras que la economía y la política sólo deberían ser telones de fondo para un drama que afecta a seres humanos reales.

Las reducciones unilaterales, al uso actual, están produciendo no sólo monstruosidades metodológicas en las terapias, y fracasos estrepitosos en la prevención, sino también cifras crecientes de consumo.

Además de los eventuales cuadros médicos, toxicológicos, y psicológicos generados por el consumo de las diferentes drogas ilegales –fuera de toda proporción comparadas con el abuso de las legales–, es necesario considerar las distorsiones sociales que provoca el actual status jurídico de la cuestión, entre las cuales están:

  • La superpoblación carcelaria por delitos de drogas.
  • La encarcelación de personas, que de otra forma no son violentas, o peligrosas, y que se “especializan” al estar en ese medio.
  • La afluencia monetaria desudada de los grupos dedicados a su producción y, sobre todo, a su comercialización ilegal.
  • La capacidad corruptora de estos grupos para con las fuerzas dedicadas a su represión, y en la sociedad en general.
  • La exposición del consumidor o del adicto a los contactos o a las actividades criminales, al intentar proveerse.

 

La cuestión de la prevención está limitada, en general, a charlas estudiantiles y alumnos, a discusiones públicas vacuas, a opiniones para la galería, de la boca de expertos interesados, y a campañas propagandistas variopintas, que sólo parecen lograr el interés de los futuros consumidores, y de quienes las propician.

Quien consume, ya “sabe”. Sólo se lo disuade desde la raíz de su problema y con argumentos sólidos para él, no con eslóganes propagandísticos vacíos, ni con fantasmas en los que no cree, por inconsistentes, o a los que no respeta, por cínicos.

 

“Se impone un verdadero trabajo en red de las diferentes instituciones involucradas, preservando identidades, jerarquías y funciones, pero sin descuidar al sujeto en cuestión.”

 

Una de estas raíces, y la más devaluada, es el vacío espiritual. Es que el espíritu y sus problemas no son fácilmente definibles, ni científica ni económicamente, y no existen estadísticas. Y en una sociedad pluralista, coexisten muchas y encontradas versiones, personales y grupales, acerca de este tema. Para unos se sintetiza Amor, en tanto reconocimiento de sí, del prójimo, y de su valor trascendente. Para otros, en la aceptación de la Ley, en cuanto campo definitorio de lo posible. No sólo la jurídica y social sino la biológica y química, el mapa dinámico de los propios limites y capacidades. Y aun para otros, en la Libertad del espíritu, condición de una vida digna de ser vivida.

Quizás la respuesta laica deba ser una acción preventiva inespecífica capaz de abarcarlas. Tendrá que ver con promoción social, educación, participación democrática directa, y organización del tiempo libre de los grandes grupos de riesgo. En suma, un enfoque de difícil implementación en estas épocas de ausentismo gubernamental.

Quizás algo posible sea un microemprendimiento sobre lo individual: el revalorizar verdaderamente al individuo, permitirle recuperar su libre albedrío, fortalecer su capacidad de elección educada, liberarlo de la tiranía del consumismo, y hacerlo menos vulnerable al lavado de cerebros publicitario.

Y también lo macro, tal vez: educar a gobiernos, medios, líderes espirituales y religiosos, y autoridades en general, para que no sean inconscientes propagadores de lo que proclaman prevenir.

Otra vez será necesario detenerse en las definiciones, ya que la palabra prevenir tiene muchas acepciones        –”avisar”, como en español. O “impedir”, como en inglés –y según se la interprete, generará lo que se busca o, como ahora, precisamente lo contrario.

 

“Todos necesitamos ayuda. Penalizando el consumo y forzando la terapéutica alejamos la comunicación y la ayuda. Señalando a unos pocos, nos condenamos todos.”

 

Claro está que cualquier “negocio” que mueva 500.000 millones de dólares, a escala global, tiene un sinnúmero de anticuerpos con que defenderse, si se lo ataca. Pero ¿no seria mejor una desobediencia civil? Todo se reduce a recuperar el espíritu.

Los narcotraficantes no temen: en el actual estado de cosas, siempre tendrán clientes. Es que un porcentaje de la población, correrá no importa qué riesgos para conseguir lo que le gusta o cree que necesita, especialmente si está prohibido. Y otro grupo, también, romperá no importa qué limites, para proveerles, e incorporarse así a la afluencia y al consumo.

¿Pero realmente, cuántos son? ¿Es una verdadera epidemia? ¿O sólo se trata de un efecto adverso menor de la “medicina” que nos recetaron? RP/ Comprar felicidad, comprar salud, comprar energía, comprar imagen, comprar trascendencia… comprar.

, que en algunos países sólo sucede por iatrogenia o robo, y que en otros, también por descuidos en la cadena de comercialización y control.

Cualitativamente, no son peores unos que otros.

Consumidores, enfermos, adictos, delincuentes: una progresión que no es siempre obligatoria y a veces ni es progresión, solamente definiciones desde campos artificialmente cerrados. Enfermo –dice el médico–, delincuente –dice el legislador–, adicto –dice el psicólogo–, consumidor  –dice el mercado.

 

“De todas formas, otros ocuparan su lugar, el precio subirá, la calidad seguramente no, y el negocio continuará. Hoy con el éxtasis y la cocaína, mañana con la heroína, pasado mañana con algunas otras de síntesis o de diseño.”

 

Si lo que está en juego es la salud pública, es ineficiente ocuparse de consumidores, con tan bajo índice de morbi-mortalidad.

¿Es el efecto disolvente del narcodinero lo que preocupa? No es en las fuentes donde fluye más caudaloso ese río.

Pero si es el control lo más preciado, entonces caen en su lugar las afirmaciones tremendistas, las intervenciones desmedidas, y la forzada involucración militar en apoyo a insuficientes tareas policiales.

Todos necesitamos ayuda. Penalizando el consumo y forzando la terapéutica, alejamos la comunicación y la ayuda. Señalando a unos pocos, nos condenamos todos.

Las cifras de encarcelados por delitos de drogas, trepa sin cesar así como los gastos que ocasiona, sin contar el lucro cesante de no contar con una parte de una generación.

De todas formas, otros ocuparan su lugar, el precio subirá, la calidad seguramente no, y el negocio continuará. Hoy con el éxtasis y la cocaína, mañana con la heroína, pasado mañana con algunas otras de síntesis o de diseño. ¿Y la marihuana? No es un olvido, sólo que en el Norte ya se abastecen, y cambió de lugar en las listas: ahora es de uso médico en varios estados. En cualquier momento es legal. Obligatoria no creo, no se preocupen.

¿O será de esperar una intervención militar colombiana en las plantaciones norteamericanas de Georgia, Kentucky y California? Ninguna generalización parece satisfacer a todos.

 

 

 


ENFOQUES NO CONVENCIONALES

 

 

El uso de las sweat-lodges, especie de baños sauna o de vapor asociados a plantas medicinales, está resurgiendo entre los nativos norteamericanos como práctica curativa y espiritual. Hoy se comprende su poder desintoxicante, curativo y preventivo –aumenta el consumo de oxígeno, estimula la transpiración, y la competencia del sistema inmunitario. No es tan evidente su utilidad para conseguir estados alterados de conciencia o visiones, sin incorporación de sustancias, y el papel que esto juega en la dinámica personal y grupal.

Una comunidad de monjes budistas, “Wat Tham Krabok”, situada a 130 kms. de Bangkok, enfrenta el problema con complejas fórmulas de plantas medicinales y vomitivas, baños tipo sauna, una disciplina diseñada especialmente, y un compromiso personal  –saija– de abandonar para siempre la droga, ante su respetado abad. El vínculo se sella con una ceremonia significativa. La rutina, ya probada por ochenta mil personas en treinta años, dura 10 días. El fracaso reconocido en el largo plazo es cercano al 25-30%.

Takiwasi, cerca de Tarapoto, en plena selva amazónica peruana, encara el creciente problema de la pasta de coca y otras dependencias con un enfoque de raigambre indígena, dirigido por médicos. Ayunos totales o parciales, aislamiento en la selva con ingestión de plantas autóctonas, de varios días de duración, promueven la necesaria desintoxicación, y una preparación con miras a las experiencias trascendentes imprescindibles para un efectivo abandono de las conductas de consumo y abuso de sustancias.

La Comunidad Encuentro-Aillu Tinkuy, ubicada en Gral. Villegas, provincia de Buenos Aires, Argentina, provee atención a portadores del virus VIH y enfermos de SIDA, así como toxicodependientes. Es dirigida con un enfoque ecléctico, por un psicólogo clínico. Aunque basada en el método peruano, el Aillu Tinkuy no es ajeno a la idiosincrasia y al sentir de sus integrantes, al tiempo que introduce tradicionales prácticas de curación. Los estados de conciencia provocados por la percusión, la hiperventilación y las plantas, en un ambiente grupal inmerso en la naturaleza, son los ejes alrededor de los que se resignifica la vida, cargándola de trascendencia y sentido.

Las plantas vomitivas merecen un párrafo aparte, dado su uso en tantas medicinas tradicionales de todo el mundo. Su efecto desintoxicante se acompaña de una inversión del peristaltismo, que disuelve tensiones musculares de origen psíquico, según W. Reich. El vómito, que acompaña también a la ingestión de muchas sustancias alucinógenas, es terapéutico inclusive por su valor simbólico de purificación. La “purga” con huachuma (Trichocereus peruvianus), y a veces con yawarpanga (Aristolochia didima), tradicional entre los pueblos del Tawantinsuyo, vuelve hoy por sus fueros en la problemática psicofísico-espiritual de las dependencias.

 

Tabernanthe iboga (Arbusto africano cuyo alcaloide se utiliza  para el tratamiento de adicciones).

 

La Homeopatía, creada por Samuel C. Hahnemann a fines del siglo XVIII hace uso de plantas, minerales  o productos animales para corregir en el enfermo aquel estado patológico que estas sustancias producen en el sujeto sano.

La Auriculoterapia, una rama menor de la reflexología y la acupuntura, se usa en Hong Kong desde 1975 para atenuar el nerviosismo y mejorar la función renal y pulmonar en los adictos a la heroína, en los diferentes estadíos de la deshabituación. Actualmente se usa como coadyuvante en centros de tratamiento de varias ciudades de Estados Unidos (Seattle, New York, etc.). Y también, en Holanda, especialmente para atenuar la dependencia psíquica de los usuarios de cocaína.

La Antroposofía de Rudolf Steiner ampliación del arte de curar, desarrollada en los años veinte y reconocida preconiza preparaciones similares a la homeopatía, por ejemplo, para fortalecer la voluntad, complementados con:

– ejercicios de vocalización y movimientos de marcada acción psíquica, física y espiritual (Euritmia).

– una dieta natural, sin agroquímicos ni conservantes u otros agregados.

terapia artística.

La Homotoxicología de Reckeweg, una nueva interpretación de la doctrina de Hahnemann a la luz de la ciencia moderna, que propuso una explicación novedosa de la fisiopatología a través de los defectos de la regulación cito-neuro-hormonal, (en especial el Sistema Básico de Alfred Pischinger, de la Universidad de Viena), combina la farmacopea homeopática con sustancias de neto origen moderno (intermediarios del ciclo de Krebs, enzimas, quinonas, etc.), y preparaciones mixtas a las que se agregan productos de origen biológico.

 

Los remedios florales de Edward Bach son un sistema desarrollado a partir de una comprensión de la enfermedad como expresión de estados del espíritu. El miedo, la culpa, la nostalgia, y otros (38 en total) son los eventuales estados anímicos que pueden afectar el desarrollo de una enfermedad física asociada, perpetuando o alargando su evolución. La resolución de estos aspectos conlleva la extinción del efecto. Su utilización está muy extendida en el Río de la Plata entre los profesionales no médicos, a los que les está vedado recetar medicamentos, y entre legos, tal como lo recomendara su creador.

Los suplementos nutricionales (vitaminas, minerales, aminoácidos, enzimas, plantas, hormonas naturales, etc.) son alimentos que pueden utilizarse como modificadores de la respuesta biológica de un órgano o sistema, o proveer a las carencias –por ejemplo, de ciertos mediadores cerebrales–  provocada por el abuso de sustancias.

 

Por último debemos encarar la más apocalíptica herejía: la utilización de drogas para el tratamiento de las droga-dependencias. A fines del siglo pasado se intentó curar el morfinismo con la heroína, y a estos y al alcoholismo con la cocaína. Hoy, mutatis mutandis, se encara a la heroína con la metadona, como “mantenimiento”, y quizás como castigo, ya que ésta, además de poco placentera, puede ser más difícil de abandonar todavía que aquella. Se trata de una nueva categoría: “los interruptores de adicciones”, cuyo modo de acción se está tratando de dilucidar.

La más interesante de estas sustancias, que figura en las listas oficiales de estupefacientes como “sin uso médico” (v. g. ilegal) es la ibogaína, venerable anciana con cien años de historia científica. Está siendo estudiada pre-clínicamente en varios centros de investigación, si bien está en uso, aunque fuera de los Estados Unidos. Pero no sólo interrumpe la dependencia  sino que minimiza el síndrome de abstinencia. Una cruda investigación inicial propugnó su uso terapéutico y su reconocimiento legal, que tarda en llegar. La capacidad de la ibogaína para provocar una revisión biográfica de treinta o más horas de duración, y que permite resignificar el pasado tras su visualización con el ojo de la mente, es el punto de partida para una psicoterapia breve e intensa, que lo desactiva. La ibogaína, uno de los alcaloides de la Tabernanthe Iboga, se extrae de las raíces de esta planta del África ecuatorial. La raíz es utilizada allí por las etnias fang, mistogo y otras, en Gabón, Camerún y Guinea Ecuatorial, en el culto mbuiti o bwiti –“de los antepasados”– de aparente origen pigmeo. La eboka es un alucinógeno sagrado, o sacramento, alrededor del que se desarrolla el culto. Este presenta muchos elementos de sincretismo con el catolicismo y múltiples similitudes con algunos rituales masónicos de iniciación, especialmente las versiones fang.

 

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