MUJERES AL BORDE

DE UN ATAQUE DE NERVIOS

Síntesis de un reportaje inédito que le hice a Eva Giberti en 1999,  sobre los peligros de suprimir con psicofármacos la capacidad de desafío y el derecho al enojo de la mujer, agobiada por la injusta distribución del trabajo hogareño.

 

Hablemos de la mujer entre 35 y 55 años que está cansada,  irritable, a la que casi todos los médicos recetan Trapax. Lo que significa que algo está muy mal distribuido en su vida y en su familia. Porque tiene tres chicos de distintas edades con distintas exigencias. Y ella está entrenada en servir: a los chicos, a su marido, a la casa; y además tiene que cumplir obligaciones que le son impuestas por una cultura patriarcal, consumista y destructora, resultado de lo cual al trabajo que puede tener fuera de la casa, se le suma el de la casa. Y el tema no está en serenarla, sino todo lo contrario. Lo que tiene que hacer es enojarse saludablemente y poner las cosas en orden. Ella no puede hacer todo lo que está haciendo. El marido tiene que hacer cosas, los chicos tienen que hacer cosas. O sea, la casa es una comunidad y todo el mundo tiene que hacer cosas: desde tender las camas o lavarle las zapatillas a los chicos, por cierto que el marido también.

Entonces, ¿qué es lo que hace el médico? Tapa el síntoma. Pero porque no sabe hacer otra cosa. Aún así, supongamos que la manda a psicoterapia. Hay que rogar que el o la terapeuta tengan la cabeza clara acerca del tema: porque el hecho de ser terapeuta, sea psicoanalista, sea sistémico o conductista, no te garantiza una cabeza esclarecida acerca de esto. Entonces  baja línea al revés. Intenta que la mujer se adapte o se acomode a lo que hay que desacomodar absolutamente, si queremos que tenga una vida armónica, en convivencia saludable, con distribución lógica y razonable de las responsabilidades familiares, sociales y domésticas.

Este es un tema que hace a la salud profunda de la mujer. Profunda en el sentido de lo que compromete: toda su persona. Esa mujer, a medida que transcurren los años, se va sintiendo más enferma, pero porque además los modelos de las revistas y la televisión no coinciden con quien ella es. Y no coinciden porque la señora no vive pensando en una dieta hipocalórica sino que come lo que le viene, porque está siempre corriendo, siempre apresurada. Pero la acusan desde los medios si tiene 200 g de sobrepeso, y toda la familia le exige cosas. Ella, a su vez, tiene la lectura competitiva con otras mujeres; o sea, tiene que ser mirada por otras mujeres de modo desdeñoso. Todos estos son ejes que a medida que se van trazando y entrelazando resultan en una trama de depresión con irritación y con una base de frustración continua. Porque esta mujer que a lo mejor tiene ganas de estudiar algo, no puede. O si es empleada no puede hacer los cursos de capacitación. Y se posterga constantemente.

Vemos cada vez más mujeres en la consulta, de 55,58, 60 años, con cuadros depresivos aparentemente inexplicables. Los hijos, que eran el único sentido de su vida, están haciendo su vida independiente. El marido está interesado en mujeres más jóvenes. No siempre sigue encantado con ella y, un buen día, se da cuenta que ella hubiese tenido capacidad para hacer algo más que lo que hizo. Y ya no se siente con ánimo ni con salud ni con tiempo. Todos  estos elementos, que son culturales, son grandes enemigos de la salud del género mujer, y además coadyuvan la medicina y algunas psicoterapias que buscan la adaptación de ellas a lo que está dado, al statu quo, cuando en realidad lo que tendrían que hacer  es ayudarlas a que se des-adapten.

La cuestión no pasa por conseguir la jubilación para el ama de casa, ni por evaluar el trabajo hogareño cuando se disuelve el matrimonio, sino que pasa por la posibilidad de hablar con los hombres. Porque, por otra parte, esta no es una lectura que tienda a decir: “La culpa la tienen los hombres y las mujeres somos víctimas”.

No, esto forma parte de una resignificación de la historia del trabajo, de la división histórica del trabajo en nuestra cultura. Entonces, si vamos a resignificarlo, tanto el trabajo doméstico como el de la crianza se reparten entre hombres y mujeres. No es difícil entenderlo. Cada vez es menos difícil con los hombres jóvenes –con los hombres de 50 ó 60  años es más difícil. Y justamente estas son las mujeres que ahora están en crisis, sector en el que encontramos aquellos cuadros depresivos que se intentan manejar farmacológicamente. (Si hay algunas depresiones por cierto que ellas reclaman medicación, porque sino no se mueven).

El problema de los acompañamientos psicoterapéuticos es que, si siguen estando marcados ideológicamente por un sistema patriarcal incapaz de abrir los espacios domésticos familiares  –lo que antes se llamaba “vida privada”–, si no son las políticas de salud y la formación de profesionales capaces de abrir esos espacios de modo que el género masculino distribuya junto con el femenino determinado tipo de tareas, entonces vamos a seguir encontrándonos  con depresiones cada vez más intensas, con mucho desgaste, con mucho sufrimiento, hasta con intentos de suicidio, con búsqueda de alcohol –el ingreso en las drogas es menor en la mujer, es mayor el alcoholismo como manera de escaparse, de aliviarse.

El punto es que parece una situación imposible de transformar en tanto la misma mujer viene impuesta con un esquema que le dificulta concebir  otra cosa diferente. Las propias mujeres piensan que esto es así y que la situación  no tiene modificación. En este tema yo trabajo en grupo, ya sea privadamente ya sea para instituciones que me contratan. Cuando hago este planteo las mujeres me ponen cara de,  “Eva, y cómo vamos a hacer?”. Porque, claro, cada una de ellas se va dando cuenta de todo lo que fue entregando, de lo que ha perdido y ya no puede rescatar. Esto genera una ira, una irritación y una hostilidad con la que es muy difícil trabajar. Pero ése no es el camino. No se trata de que a la noche, cuando llega el marido, le diga, “Si querés comer, hacete la comida”. O que se niegue a tener relaciones sexuales.

Entonces, estos no son los caminos. En este punto más bien se trata de establecer mediaciones, zonas intermedias y grisadas de diálogo entre el hombre y la mujer. Para esto  uso como técnica el trabajo grupal, que me parece lo más efectivo. Cuando seis u ocho mujeres se miran entre sí y se dan cuenta que a cada una le ha pasado lo mismo, que no es que ellas sean tontas sino más bien que se trata de un fenómeno de género, y que por lo tanto es desde el género que tenemos que ver cómo nos reposicionamos, entonces notamos lo poderosa que puede ser una técnica grupal de toma de conciencia.

Este es uno de los tantos ejemplos donde se ve cómo las políticas de vida cotidiana  inciden en lo que serían políticas de salud. No se trata de resolver las depresiones con psicoanálisis, con nuevas formas de terapia ni con psicofármacos cuando lo que realmente está detrás es esto. Hay depresiones endógenas que responden a otros procesos. La mecánica que encuentro más útil consiste en hacer ver que lo que le sucede a una mujer no le está ocurriendo solamente a ella: que se trata de un proceso formado por la educación Sin ese intercambio grupal  raramente habrían llegado a la conclusión de que ellas pueden hacer frente al marido y a los hijos, y discutir con ellos  y cambiar.  Todo esto lo va viendo en los grupos de trabajo, aunque también lo hago individualmente cuando alguna mujer quiere trabajarlo personalmente en un tipo de terapia orientada de este modo.

Sea como fuere, en cualquier punto de un trabajo, cuando veo que detrás está este modelo, lo marco. Porque veo el claro efecto que produce y, además, porque se genera otro proceso. Es común que sientan hostilidad hacia las jóvenes aquellas mujeres que se sienten intensamente frustradas. Les parece mal todo lo que hacen las jóvenes –más descalificadas cuanto más bonitas son–  porque están haciendo lo que ellas no pueden hacer.

Todo esto reclama que los terapeutas, sean hombres o mujeres, tengan estudios acerca del  tema género, cosa que no es frecuente. Para esto lo que es muy útil, aunque  muy difícil de armar, son los grupos que incluyen también hombres o grupos formados por parejas. Por ejemplo, desde hace años estoy trabajando mucho con grupos formados  para estudiar erótica. Eso empecé a hacerlo en la UBA ya en 1972, y durante doce años dicté la cátedra de sexología que tenía tres meses dedicados a la erótica. Ahí empecé a ver que una de las cosas terribles de nuestra cultura es que nadie sabe de qué se trata este tema. Se piensa que el hombre tiene que saber todo al respecto, que tiene que resolver él todo lo referente a la materia sexual. Y, además de saber todo, él tiene que enseñarle a la mujer. Por otra parte, queda mal si la mujer demuestra que sabe o que es imaginativa –porque debió aprenderlo con alguien, no?

La erótica es una disciplina que está en formación, no está categorizada como una disciplina mayor. Es una disciplina que no consigue formalizarse porque lo erótico tiene una carga de subjetividad tan intensa que no hay modo de marcar parámetros. Esto es obsceno, esto otro es erótico, porno o arte… En realidad, enseño una disciplina que está en formación, entonces a menudo tengo grupos con parejas (más con mujeres), pero en los grupos con hombres es interesante ver cómo al principio les cuesta aceptar… ¿Cómo una mina va a enseñarnos? No es enseñar cosas que tienen que ver con la relación sexual; es bastante más que eso.

En esos grupos pasa que cuando empezás a conversar con hombres,  te dicen, “¿yo hacer eso? No,  Eva. Usted dice eso pero en mi casa hay empleadas, yo no tengo por qué hacerlo.” Hasta que se entiende que el tema no es que si tiene o no que hacer porque hay catorce empleadas en la casa, sino que pasa por desarrollar su propia energía femenina, por poner afuera determinado tipo de elementos propios y además usarlos como laborterapia. Y también saber que no es sólo arreglar el cable de la plancha, tarea que se supone masculina y no lo es. Se ve en forma transparente que hay un segmento de su consciencia que entiende clarito de qué se trata. Y al lado hay otro segmento de su consciencia que dice: “pero escuchate, ¿cómo vas a adherir a esto, si tu mamá no fue así, tu tía no fue así, tu abuela no fue así?. Es decir, está toda la educación, toda la historia que le impiden poder pensar por su cuenta, “¿será justo que esto sea así?” Entonces, el gran trabajo es preguntarse: ¿y si me animo? ¿es imprescindible que sea de este modo?. Yo tengo mucha confianza en los grupos con hombres. Lo que ocurre es que convocarlos para hablar de estos temas es muy difícil. Por eso incorporo este tema dentro de otras áreas de trabajo.

Todo esto vuelve a que hay cuadros de depresión con hostilidad, con irritación que no pueden seguir manejándose con la medicina común. Yo diría que prefiero que una mujer, cuando está así, vea como maneja la valeriana que se compra o la infusión, y no que recurra a un médico que le va a dar cosas que le van a tapar la capacidad de decidir, evaluar qué le pasa, qué quiere. Y le crea una adicción porque después no puede dormir sin la pastillita. Es clave que estas dificultades del tema género estén contempladas en la concepción de la salud. Nos pasa esto a las mujeres porque nosotras tampoco  protestamos lo suficiente. Protestar en el sentido de esclarecer. Yo no podría decir que todas las depresiones de las mujeres responden a esta causa. Digo que el caudal que veo es representativo.

Si yo tengo pacientes que han sido medicadas con calmantes, me meto; porque si yo sé que no tiene depresión endógena, que no presenta riesgos de suicidio, le digo: “¿estás segura que ésta es la medicina, probaste con la homeopatía?. Lo que ocurre es que hay gente que probó con la homeopatía y fue a parar a falsos homeópatas.  Esta es una marcación en la que yo intervengo en los grupos preguntando qué  tipo de medicina está tomando. Y lo curioso es que se suelen asombrar cuando les pregunto si probaron, como si  supusieran que esta  profesional,  a la que se reconoce como seria, no debería recomendar la homeopatía. (He visto las caras de asombro…)

También se dice que se encuentra nerviosa porque está en la menopausia. Se están juntando cosas que no se pueden juntar. En realidad, la señora está mal porque se da cuenta que podría haber hecho otras cosas en su vida, y no puede retroceder, con lo cual se siente “perdedora”. Pero no es así, hay que remontarlo. Lo que no se puede cambiar es la vivencia del tiempo dedicado exclusivamente a los budines, a la casa, a los hijos.

Con respecto a las técnicas usadas para el trabajo grupal, básicamente soy psicoanalista, de manera que trabajo con una cabeza psicoanalítica. Por otra parte, siempre hago intervenir también el cuerpo, partiendo de lo que ya pueda estar haciendo esa mujer. En este sentido, es bueno que ahora esté apareciendo bastante el yoga. Pero la situación se complica cuando aparecen los ejercicios con fierros, por ejemplo para levantarles los glúteos, etc. El trabajo con el cuerpo no consiste en hacer gimnasia por la gimnasia misma, sino más bien en ir a buscar un cuerpo que habitualmente es muy difícil que aparezca.

La concepción psicoanalítica me lleva a interpretar determinadas cosas, no todas. En los grupos de reflexión señalo, y a algunas personas les interpreto, lo cual no es algo de rutina: depende de cómo esté armado el grupo y del problema que tenga para tratar. Lo común es que después de un cierto tiempo los grupos llegan solos a su fin. Entonces lo que acostumbro hacer es seguir manteniendo el contacto por teléfono; si la gente no me llama, yo me ocupo de llamar para ver cómo anduvo la cosa; porque, no olvidemos, éste no es un grupo de psicoterapia, donde se te arma el lío de a quién llamo primero y a quién después.

 

Un tema aparte es cómo trabajar sobre la ira contenida que se desborda de repente. Generalmente la rabia se desborda sobre los hijos. Por ejemplo, tirándoles del pelo, cosa que no habría que hacer nunca porque es una vivencia de humillación . Con eso se están atacando las ideas, porque simbólicamente eso es lo que está adentro de la cabeza. El chico o chica no aguanta que le tiren del pelo; lo desespera sin saber el sentido, pero de hecho siente el ataque en una zona muy valorizada por él .

Y después, para los adolescentes, se cuenta con una multiplicidad de técnicas. En los grupos de adolescentes trabajo mucho con la réplica rápida, o sea, por una parte yo puedo escuchar en el adolescente una postura desafiante, entonces puedo seguirlo para ver hasta dónde llega, o puedo cortarlo y decirle, “¿Pero vos suponés que yo puedo creer que vas a hacer lo que estás diciendo?   Podés seguir diciéndolo, pero yo no lo creo”. Como soy con ellos muy directa, nos entendemos. Por otra parte, un  estilo que uso mucho es, frente a las descalificaciones que los adolescentes sufren (“Vos no sabés, ¿recién te enteraste?”), yo les marco que poseer esa capacidad de desafío o de bronca forma parte de un capital que lo va a ir perdiendo con el tiempo. De manera que ellos lo pueden ensayar,  pero es preferible que pongan una lucecita, o sea, que sean claros si quieren ensayar diversas posturas desde el desafío…

Recuerdo un caso de una piba en un grupo, que formaba parte de un trabajo, que me interrumpía para oponerse. Entonces, le dije: “Yo te planteo dos alternativas: o te saco del grupo o mirá el modo de neutralizar esto”. Y agregué: “Vos lo que tenés es esta capacidad de interrumpirme, de dar vuelta lo que yo digo, de cambiarlo; es una capacidad de desafío muy  grande que tenés que aprovechar bien. Y acá tenés un espacio para que la uses porque con el tiempo te va a ir desapareciendo. A todo el mundo se le va reduciendo esa capacidad de desafío. Entonces usala ahora porque sos adolescente y porque después no vas a poder”. La chica se quedó mirándome porque usé la técnica de la apropiación de su misma fuerza, o sea, la cuestión no era que ella me dijera que estaba todo mal y que ella me lo demostrara, sino que lo principal era interpretar  la situación: Qué te está pasando a vos…

 

Eva Giberti es Licenciada en Psicología y Asistente Social recibida en la Universidad de Buenos Aires. Es conocido su constante labor, aporte teórico y difusión en el tema Mujer y Estudios de Género. En la actualidad, integra el Consejo de los Derechos del Niño, Niña y Adolescencia de la Ciudad de Bs. As.; es docente de postgrado en Violencia Familiar en la UBA y miembro de la Asociación Argentina de Bioética. Coordina el Área Adopción y el Foro de Adopción en la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires y asesora al Registro Único de Adopción del gobierno porteño.

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