“QUE EL DESTINO ME ALCANCE”

 Dr. Jorge Kaczewer entrevista a Miguel Grinberg. 

Miguel Grinberg, poeta, ecologista, periodista y escritor, nos esboza en este reportaje realizado en l995 en Aguas Claras, la ecovilla de la Fundación Elpis en las sierras de Córdoba, nociones vitales para la supervivencia y la construcción de una nueva cultura.

 

JK: En los últimos años tomó fuerza la noción de que la salud de la gente y la salud del planeta estarían íntimamente interconectadas. ¿Cómo describirías la relación persona/planeta enfocada en el tema de la salud en este fin de siglo?

 

MG: En verdad hace falta que la gente, en general y en particular, modifique su actitud ante la naturaleza. Para muchos de los que hoy viven concentrados en grandes y medianas ciudades, la naturaleza ha sido algo que está allá afuera, lejos, a lo cual uno va en época de vacaciones, durante el fin de semana; si su poder adquisitivo lo permite, a la hora del country. Y sucede que nosotros somos naturaleza. Esa es la percepción que va a tener que ser recuperada en este fin de siglo. Porque si bien podemos saber en general que el 80% de nuestro cuerpo es agua, nosotros estamos en un intercambio permanente con el mundo natural  –aun viviendo en la metrópolis. El alimento que ingerimos viene de la tierra, el agua que ingerimos viene de algún ciclo, estuvo antes en muchos otros lugares. Tal vez antes fue nieve, tal vez antes fue mar, tal vez antes fue lluvia. Y al mismo tiempo el aire que respiramos, que forma parte de nuestro sustento –nosotros no podemos estar más que treinta o cuarenta segundos sin respirar, es decir, hay  gente que tiene capacidad torácica desarrollada, los nadadores pueden llegar a sobrevivir dos minutos pero es mínima la fracción de tiempo que podemos pasar sin respirar.

Nuestro planeta es eso: una curiosa serie de equilibrios. Nosotros no sabemos siquiera la composición del aire que respiramos, pero sabemos que hay una proporción estable de oxígeno, un 21%. Si no fuese así, el clima no sería como es. Con un poquito más de oxígeno, las ramas de los árboles entrarían en combustión. Es decir, esta contigüidad que tenemos con el planeta es algo que tenemos que incorporar a nuestra consciencia. Nosotros,  como “gente civilizada”, hemos perdido algunas costumbres básicas: no somos más productores de nuestro alimento y en este entorno artificial en el cual vivimos inmersos que es la cultura, la civilización, sabemos hacer uso de la naturaleza, de la tierra, pero nos hemos distanciado y nos hemos vuelto extraños. Por eso tenemos los problemas que tenemos. Perdimos contacto con las estrellas, con las estaciones del año, con los ritos  de la fertilidad, que también forman parte del conocimiento y que forman parte del arte de evolucionar. Porque para eso hemos nacido, no para estar siempre en un mismo lugar.

Así que, de acuerdo con la pregunta, en el siglo venidero muchos de nuestros rituales absolutamente atroces van a caer en desuso. Vamos a entrar a respetar de nuevo las leyes de la naturaleza que están siempre a favor de la vida. La naturaleza nunca se equivoca. Y, en general, uno se sorprende a veces porque por un lado parece que la vida es muy frágil y pende de un hilo. Pero si uno conceptualiza la totalidad de fenómenos que sustentan la vida descubrimos que casi parece un milagro. Nosotros veíamos en las famosas fotos de los astronautas al planeta en el espacio celestial, solo. Pero la Tierra no está sola, forma parte de  una estructura mayor que a su vez forma parte de otra estructura mayor. Mientras no reaprendamos que somos una célula de ese proceso, seremos patológicos. Y es por eso que vamos a tener, en función de esa consciencia, un nuevo concepto de salud.

 

JK: Entonces si nosotros somos parte del planeta, somos la parte     que lo percibe ecológicamente. Desde este punto de vista, ¿qué consejos básicos transmitirías a la gente para fomentar una ecología del afecto y del pensamiento?

 

MG: En general,  la gente viene después de una conferencia o un seminario y me pregunta qué hago. Yo creo que hay que revertir la pregunta. En principio tendríamos que preguntar, con mucha seriedad, cuáles son las cosas que deberíamos dejar de hacer. Porque la sociedad, o todo lo que nos oprime o nos afecta, es resultado de la conducta humana,  o de la inconducta humana. Es resultado de lo  que los hombres o mujeres hacen y deshacen. Quiere decir que tenemos que recuperar lo que Albert Schweitzer llamaba “la reverencia por la vida”. Esa es otra cosa que hemos perdido. Para lo cual tenemos que reformular lo que llamamos educación. Los educadores de avanzada han dicho que el estudiante no es un recipiente para llenar sino una lámpara para encender. Los pensadores holísticos han dicho durante los últimos veinte años  que nuestra consciencia es como el teclado de un piano, del cual usamos sólo 8 ó 10 teclas y tocamos con dos deditos simples melodías, pero nunca manejamos la totalidad del teclado para tocar los conciertos fundamentales.

Por lo tanto tenemos que desaprender un montón de cosas y tenemos que reaprender otras. El maltrato que generalmente nos asestamos… simplemente basta ver cómo nos alimentamos… La mayor parte de la gente no sabe que hay alimentos incompatibles. La mayor parte de la gente no sabe en qué momento o qué es lo que hay que comer. La gente cree que comer mucho es nutrirse. Entonces, en función de eso, y en función de una cantidad de cosas que incorporamos a nuestro cuerpo creyendo que nos alimentamos y en realidad colocamos al cuerpo en una situación de tener que trabajar demasiado,  de neutralizar todas esas toxinas, es que hemos trastornado nuestro concepto de salud. Nosotros creemos que el concepto de salud es la pastilla o el medicamento que nos receta el médico, y que con eso restituimos el  estado de equilibrio. No es así. Toda nuestra existencia es un estado de crisis permanente dentro de la cual hay una serie de procesos que se apuntalan simultáneamente, holísticamente.

En principio tenemos que hacer tomas de posición, algunas tan sencillas que hasta  nos parecen ridículas. Respirar, respiramos mal. No respiramos con la totalidad de nuestra caja torácica, respiramos en lugares contaminados, pero por el solo hecho de que nuestra potencialidad respiratoria no sea ejercida  en su totalidad y que nuestra necesidad nutricia no sea ordenada, es que nos vamos encontrando en procesos de desestabilización que nos llevan a eso que llamamos hoy enfermedad.

Mucha gente cree que algunas enfermedades las ha agarrado de afuera. Nosotros tenemos una cantidad de poblaciones parásitas de bacilos, virus, bacterias que sobreviven gracias a nosotros. Incluso no nos matan porque necesitan que estemos vivos para seguir sobreviviendo. Y generalmente atacan cuando caen nuestras defensas, cuando estamos en estado de estrés, cuando perdemos el equilibrio, un equilibrio que va más allá de lo físico. Nosotros somos un conglomerado espiritual-emocional, Si lo llevamos a la literatura profunda, bueno, hay componentes físicos, etéricos, astrales, mentales, cósmicos… Y esa visión del mundo no la hemos terminado de absorber y no la estamos ejercitando. Entonces, antes de pensar en hacer un decálogo de todas las cosas que tengo que hacer para vivir ecológicamente, tengo que hacer un no-decálogo de las que tengo que prescindir –esos vicios chiquitos que uno dice, “Bueno, un poquitito, ¿qué mal te va a hacer?”. Pero cuando empezamos a sumar esos vicios chiquitos surgen los problemas grandes. Quiere decir que la salud está separada de la consciencia. Y la consciencia es como irse a bañar todos los días.

 

JK: En todos tus años de aportar con escritos, con investigaciones, has demostrado que sos un educador. ¿Cuál es el rol de la educación en este concepto de salud?

 

MG: Es una pregunta compleja. Porque en educación hay que ayudar, como decía más temprano, para que el  estudiante encienda su luz. Al mismo tiempo hay que ayudarlo a que su bagaje sea lo más leve posible, porque tal vez hasta l995, que es ahora, todo lo que hemos venido haciendo en nombre de la educación tenía un sentido. Pero no olvidemos que el Génesis, tal como lo vemos en la Biblia, no ha terminado. Es decir, da la impresión de que en el sexto día la obra quedó completa y en el séptimo el creador se tiró a descansar, como si ya estuviera todo hecho y no quedara nada nuevo por hacer. Lo que sucede es que son conversaciones incompletas. Oímos hablar mucho de las especies en peligro de extinción, pero los naturalistas están en este momento descubriendo que  aparecen especies nuevas. El planeta también  está en estado de transformación. Nosotros creemos  que  la tierra es siempre igual y no lo es. Cambian los polos de energía, cambian los polos de preservación. Entonces la educación es la recuperación del contacto con los ciclos naturales. Pero también estamos ahora comprendiendo que este es un proceso de evolución consciente”, como se da ahora en llamar. Tenemos que ver qué nueva sociedad construimos. Y para construir una nueva sociedad tenemos que imaginar nuevas ciudades. Y para hacerlo tenemos que tirar por la borda lo que hasta ahora hemos llamado civilización. Es un proceso complejo. Uno no desarma una civilización en una semana ni en una generación. Por eso la educación tiene que ser a partir de ahora con una preparación para la transformación, para el cambio. Inclusive tiene que capacitarnos para convivir con el concepto de crisis, concepto que antes se vivía como una conmoción que se daba en períodos de tiempo muy largos, y que ahora va a ser constante. Es decir, toda nuestra vida es una crisis constante. Y no debemos tenerle miedo. La palabra crisis, en relación a los nuevos niños, tiene que estar cimentada en conceptos cruciales. Por ejemplo: según una resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas, 1995 es el año internacional de la tolerancia. Y lo primero que se le pide a los educadores en el año internacional de la tolerancia, especialmente a los que escriben libros de texto, los que recetan libros de texto  (porque resulta que a los libros de texto te los recetan igual que un remedio), es empezar a suprimir de los libros todo lo que sea odio, desdén o desprecio a otros seres por el color de su piel o por su religión o por su poder adquisitivo. Quiere decir que educación no es sólo llenarte una mochila con cosas para que puedas cruzar el desierto, sino todo lo contrario. Educación es ver todo lo que podes tirar para remontarte.

 

JK: Hablabas de las cosas de esta sociedad que pueden ayudarte a sanar o que pueden enfermarte. Y cuando nos reunimos a planear este reportaje, describías tu visión de Buenos Aires como núcleo social, y los cambios que estabas notando. ¿Cómo describirías el potencial para sanar o enfermar de esta sociedad?

 

MG: Nosotros vivimos en ciudades como Buenos Aires, por ejemplo,  en un contexto 100% insalubre. Insalubre porque el aire está intoxicado Porque no es bueno tragar tanto cloro en el agua que sale por la canilla. No es bueno viajar como se viaja, tan apiñados, con tanta contaminación psíquica -lo que los chicos comúnmente llaman “mala onda” es contaminación psíquica. Hay desconfianza, ésa es una de las patologías  más singulares de la vida metropolitana, es decir, al que viene hacia uno generalmente se lo ve como un potencial agresor. Y eso que podía existir en sociedades que nosotros considerábamos primitivas –donde todo el mundo se conocía, donde cada cual sabía a quién debía recurrir cuando necesitaba auxilio, y al mismo tiempo esa disposición personal de ir en ayuda  del que eventualmente venía a uno pidiendo auxilio–  son cosas que no existen en las ciudades.

Nosotros nos encontramos en las ciudades con metáforas llamadas espacios verdes, que son pequeños espacios domesticados conocidos como plazas, o parques, que no son naturaleza. Son un pequeño símbolo doméstico de la naturaleza. Junto a esto, una sobrecarga de automóviles, una sobrecarga de ruido  –en las grandes ciudades uno de los mayores factores desestabilizantes es el ruido, hacen que estemos en condiciones de sobrevivientes. Mientras no se recupere el silencio, mientras no se recupere la confianza, mientras no se recupere la solidaridad, las ciudades seguirán siendo el enclave más tóxico que hemos podido pergeñar en esta famosa revolución industrial. Algunos historiadores y sociólogos están sosteniendo que es urgentísimo descentralizar las ciudades. Y para descentralizarlas hay que parar de concentrarlas. Cuando la industria automovilística se golpea en la barriga diciendo, “este año vamos a poner en circulación 500.000 autos más”, y yo sé que 450.000 van a agregarse a los que ya saturan Buenos Aires, no me puedo sentir feliz. Tal vez sea bueno para los que trabajan en la fábrica de automóviles y para los accionistas de la fábrica y para los que venden gasolina; pero no es bueno para los que viven en la ciudad. Por eso hay tanta gente que se va de la ciudad. Y yo creo que las grandes ciudades no tienen solución, son los grandes dinosaurios de esta época, porque además están obsoletas: porque  toda su infraestructura cloacal, de abastecimiento energético, de agua está terminada. Cuando en l915 se terminó la central potabilizadora de agua Gral. San Martín en Palermo, en Buenos Aires, a la gente que hizo la obra la acusaron por hacer una obra faraónica, “¿para qué hacer una cosa tan grande?” Y la gente que la hizo dijo, “no, tiene que durar hasta el año 2000”. Resulta que está en las últimas, y ya estamos casi en el año 2000, y ya nadie habla de hacer la planta potabilizadora para el 2040. Y no  existe eso, son dinosaurios. Quiere decir que hay que pensar en nuevas ciudades. Si buscamos un país bien despoblado en el mundo, podríamos decir que la Argentina es uno de ellos. Y  habría que empezar –esto no solamente para los ecologistas sino que habría que involucrar a muchos otros sectores de la sociedad, arquitectos, ingenieros, asistentes sociales, educadores, a los profetas- a pensar nuevas ciudades. Es decir, daría para una refundación de la República y un nuevo descubrimiento de América, a la medida exacta de lo que la persona es y necesita. Y eso no se logra en una generación. Pero como ustedes bien saben, el desierto se cruza dando un primer paso.

 

JK: ¿Cómo encaras vos tus crisis personales de salud, o las de tu familia? ¿A qué medicinas recurrís? ¿Qué tipo de actividades realizas como medicina preventiva?

 

MG: El otro día mi hermana, quien tuvo que operarse de un problema hemorroidal, me preguntó si había hecho últimamente un chequeo. Y dije no. Que aproximadamente el último chequeo lo había hecho hacía unos diez años. Chequeo que además había sido muy traumático. Es decir: el clásico análisis de sangre y orina, la placa de tórax, el ECG, lo estándar de la obra social. Y vino el médico, joven, me miró y dijo algo que para mí fue clave. Me sorprendió que me lo dijera. Porque en verdad debería haber sido más prudente. “Usted es del tipo de gente que a nosotros no nos gusta; usted no tiene nada”. Y fue un detalle muy concreto porque en general hoy en día la medicina es una industria. Y al contrario, en vez de hacer medicina preventiva para evitar que la gente no tenga algo,  la medicina es el tratamiento de los que van siendo diezmados por el sistema en el cual estamos inmersos.

A través de los años yo he tenido cuatro hijos con dos madres diferentes. En la primera etapa teníamos un pediatra alopático, médico sabio en la medida que sabía que era lo que no debía hacerse, y por ejemplo ciertas vacunas nos prohibía dárselas a los niños. Era un alto capo del Hospital de Niños, no era cualquier pediatra; y en marzo, cuando yo tenía que llevar el certificado con las vacunas de los chicos, especialmente  con la antituberculosa, le llevaba el certificado, él firmaba y sellaba, sin darles la vacuna a los chicos y luego yo llevaba el certificado al colegio. Con nuestros hijos más pequeños -mi esposa actual es brasileña y se ha formado dentro de la homeopatía y de la macrobiótica- cuando vivíamos en Buenos Aires nuestros chicos no habían recibido ninguna vacuna, y por consejo de nuestro homeópata en Brasil les dimos la Sabin porque en Brasil hay polio.

Personalmente trato de no tomar siquiera aspirinas, y modero mi alimentación, si bien no soy un ortodoxo. Debo decir que si me invitan a pasar un fin de semana en el campo y me convidan con asado, yo como asado. (No hay nada más aburrido que la ortodoxia). Y si de pronto voy a la Feria del Libro, que es una vez por año, cuando el olorcito a choripan me impacta el alma, voy y me como el choripan   -no tengo ese prejuicio. Después lo siento a la hora de digerir porque tengo bastante sensibles todas mis percepciones. Pago un impuesto emotivo a la digestión del choripan, que es una carga tóxica alucinante, pero, en verdad, en función de lo que es mi relación con la medicina,  soy un pésimo cliente porque no compro remedios ni veo a los médicos. Tuve que verlos porque,  hace cosa  de ocho años,  por beber agua contaminada en Miramar me enfermé de hepatitis A y pasé todo el ciclo de la hepatitis y después en los controles de análisis de sangre me detectaron un nivel relativamente alto de colesterol. Y me entró la sospecha, y un día le conté  al cardiólogo que venía por la obra social, y me dijo: “¿cómo sabe usted que no tenía el colesterol alto desde antes de la hepatitis?”. Buena pregunta. Me dijo que lo llamara cuando me restableciera para medicarme el colesterol alto. Y mientras controlo mi alimentación  para no ingerir alimentos que contribuyan a elevarlo, dejo que mi organismo conviva con el colesterol y dejo, como decía una canción de León Gieco, que el destino me alcance. Soy de los peores clientes de la medicina, casi te diría un troglodita. Y lamento, estimados lectores, que yo no les haya podido dar la receta magistral, pero vigilen lo que comen, vean si es compatible, y sepan que en verdad uno no precisa demasiado para estar en armonía con el  mundo.

 

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