VIDA Y OBRA DE SAMUEL HAHNEMANN

Capítulo del libro “Planet Medicine” del antropólogo Richard Grossinger, 1980.

Traducción: Dr. Jorge Kaczewer

Samuel Hahnemann nació en la medianoche del 10 de abril de 1755, en la ciudad de Meissen (ahora en Alemania oriental, cerca de las fronteras con Polonia y Checoslovaquia). Curiosamente, la historia de la alquimia y la homeopatía se cruzan aquí. La familia Hahnemann había migrado desde el oeste en su generación anterior, de manera que el padre de Samuel pudiese trabajar en la fábrica local de porcelana.

La porcelana fina de Dresden había sido originada por Johann Bottger, un alquimista, en 1710, sólo como una distracción en su búsqueda de oro, y la industria de porcelana de Saxon fue instalada en Meissen, en la costa del río Elba, cerca de sus márgenes ricas en arcilla. Una fábrica fue establecida en el castillo Albrecht y, en 1743, se le agregó una escuela de arte. Escribiendo en su diario cuando tenía 36 años, Hahnemann describe sus comienzos:

“Nací el 10 de abril de 1755, en el electorado de Sajonia, una de las regiones más hermosas de Alemania… Mi padre, Christian Gottfried Hahnemann, junto con mi madre, Johanna Christiana Spiess, me enseñaron a leer y escribir mientras jugaba. Mi padre… era pintor en la fábrica de porcelana de Meissen y el autor de un breve tratado sobre pintura a la acuarela…”

Hahnemann nació también hacia los siglos de la guerra alemana. La guerra de los 7 años, durante la cual el rey prusiano Federico II atacó la fábrica de Sajonia, finalizó en su octavo año dejando a su familia empobrecida. Su obra alcanzó la cúspide durante las reverberaciones de Napoleón a lo largo de toda Europa. Más oscuramente, Hahnemann nació en el seno de una tradición alemana oculta, no tanto por sus estudios o inclinación personal como por el tiempo y lugar de su nacimiento y la naturaleza de su búsqueda.

Toda su vida trabajó explícitamente para establecerse a sí mismo en un linaje de científicos físico-naturales, y, en lugar de ello, cumplió con una profecía hermética. Hacia el sur, en Suiza y Austria, Paracelso, doscientos cincuenta años antes, y Carl Jung y Rudolph Steiner, ciento cincuenta años después, desafiaron los misterios del espíritu en la materia con los mismos resultados ambiguos en cada ocasión, un nuevo acertijo se formó a partir del acertijo original, pero por un momento, al que uno puede retornar, la niebla se aclaró, y una única chispa se vislumbró en un mar desconocido. Hahnemann hizo su trabajo en el nombre de la materia y, al igual que el médico austriaco Wilhelm Reich, también un siglo y medio después, llegó al espíritu, a la energía vital, sólo inevitablemente y por defecto.

Hahnemann emergió de la adolescencia como un hombre instruido. No está claro cómo llegó a saber todo lo que hizo, porque tiene un impulso que trasciende la materia sujeta a lo cuantitativo. Cuando sus estudios de la infancia se interrumpieron por la guerra y las demandas de su padre por que aprendiera un oficio, él estudió por su cuenta y, a los seis años, fue llevado por el rector al colegio real de Meissen, enseñando latín y griego a alumnos a cambio de su educación. Se graduó a los 20 años con una disertación (en latín) sobre la construcción de la mano humana, después de lo cual ingresó a la Universidad de Leipzig.

“Enseñando francés y alemán a un joven griego de buena posición económica en Moldavia, así como con traducciones del inglés, me procuré por un tiempo los medios de subsistencia…”  Las traducciones no eran poca cosa. Incluían textos de fisiología, descripciones de experimentos con cobre, un trabajo sobre la hidrofobia, dos volúmenes sobre aguas minerales y baños termales y varios escritos sobre medicina práctica. El propio trabajo inicial de Hahnemann se funde con las traducciones mismas. A los 27 años, por ejemplo, tradujo como químico amateur un complejo trabajo francés sobre química industrial, corrigiendo errores químicos y agregando técnicas adicionales en notas a pie de página.

El impacto intelectual en Hahnemann de su propio trabajo pre homeopático está subestimado porque su impacto histórico directo fue muy pequeño. Sin embargo, existe una razón por la cual la homeopatía habló desde el principio con palabras claras y avanzadas. Su fluidez provenía de algún lado. Surgió del laberinto de lenguas ancestrales y pueblos remotos, y del trabajo ignorado de oscuros botánicos y médicos de diferentes naciones. Hahnemann realizó una síntesis completamente diferente a cualquiera de sus partes.

Desde los 30 a los 34 años solamente, publicó más de 2.000 páginas, casi todas traducciones, con unos pocos artículos convencionales propios sobre llagas, úlceras y drogas. Las traducciones no sólo son científicas; su traducción del clásico francés “La historia de Abelardo y Eloisa”, del inglés al alemán, constituyó casi un tercio de ese trabajo.

Podríamos preguntar, ¿cómo pudo esta traducción tener un impacto? No es medicina. Pero la homeopatía, en un sentido usual, tampoco era “medicina”. La traducción involucra una meditación altamente científica y disciplinada sobre la estructura del lenguaje, las raíces del significado y las transformaciones entre códigos. La homeopatía se parece más a estos códigos y estructuras que a la medicina estándar. El rigor y la simetría del pensamiento de Hahnemann son primitivos y clásicos, diferentes a los del siglo XIX.

El no planeó esparcir la homeopatía por el mundo, pero tenía a los clásicos en su cabeza y sabía, por experiencia, que la medicina contemporánea era un fracaso. La alquimia griega, el herbalismo europeo, la química árabe y la farmacia nativa  -aunque no podemos mostrar sus contribuciones exactas a la homeopatía- están allí, transformadas a través del intelecto de Hahnemann.

Él trabajó con textos tradicionales y arcaicos pero no intentó reaplicarlos a la medicina “moderna”. Tenía un esquema de referencias novedoso para esos tiempos en Europa, e hizo mucho más que rescatar la vieja sabiduría. En ese breve y casi silencioso hiato entre el fin del hermeticismo académico y el nacimiento de la ciencia profesional, Hahnemann arrancó suavemente un singular hijo de su unión no registrada.

Como lo indicamos antes, Hahnemann también era sorprendentemente práctico y estableció reglas de higiene que fueron casi totalmente desconocidas en su época. Por ejemplo, insistía en frotar bien limpia una herida, y en vendarla con paños empapados en alcohol; prescribía el aire fresco, el ejercicio, la compañía agradable, los baños fríos y calientes; recomendaba que los doctores prepararan sus propios medicamentos y fueran personalmente responsables de la completa continuidad del tratamiento. A todo lo largo de su carrera, Hahnemann perduró como una mezcla de lo erudito y lo simple, de un mago onírico y una enfermera eficiente. Desde la sabiduría de sus libros se abalanzó hacia una mezcolanza de doctores “a la vieja usanza”, sin tener idea de su tradición clásica. Le parecía ético y práctico que los doctores debieran preparar sus propias medicinas porque él ya se había entrenado tanto en técnicas de laboratorio sofisticadas como en historia de la botánica y la medicina, y suponía inocentemente que otros estarían deseosos de hacer lo mismo. Cuando por primera vez se dio cuenta de que el estado de la medicina de su tiempo daba lástima, rehusó practicarla, por miedo a causar más daño que bien, y recurrió a las traducciones para ganarse la vida.

Desde los 35 a los 38 años, sus traducciones incluyeron un grupo significativo de libros médicos, agrícolas y químicos, notables materias médicas del inglés, francés e italiano. Su última traducción, 14 años más tarde, en 1806, fue la “Materia médica de plantas alemanas junto con su uso técnico y económico”, del médico suizo Albrecht Von Haller, a partir de una versión francesa del original en latín. La mente de Hahnemann, a esta altura, debió haber sido una enciclopedia de nombres de plantas, usos médicos de plantas, compuestos químicos y varios sistemas de sintaxis de lenguas europeas. Cuando en 1810, a los 56 años, fue requerido para dictar una conferencia pública con el motivo de obtener el permiso para enseñar en el instituto médico de Leipzig, todos esperaban una defensa apasionada de la homeopatía. Sorprendió y abrumó a su audiencia con una conferencia sobre los usos médicos ancestrales del heléboro, citando fuentes del alemán, el francés, el inglés, el italiano, el griego, el hebreo y el árabe, incluyendo indicaciones de médicos herboristas y filósofos naturales. Fue un “tour de force” no sólo para la teoría médica sino también para la botánica, la etimología y la mitología comparativa. De este cerebro, que desde hacía tanto venía fusionando elementos extraños y discontinuos, provino la resolución de la homeopatía.

La homeopatía fue la auto-iniciación de Hahnemann. Marcó la diferencia entre un intelecto fragmentado y excéntrico y un carismático constructor de sistemas. Hahnemann, en su mediana edad, escapó del interminable conocimiento fáctico y su tiranía academicista. A partir de miles de fuentes y formas de conocimiento separados, él conformó una nueva aleación. Luego, ésta se posó sobre las planicies de la ciencia alemana como un meteorito caído desde el  inmenso calor  de otro mundo.

Es en la traducción de Hahnemann de 1790 del “Tratado sobre materia médica”, del médico escocés William Cullen, donde esto emerge. Cullen tenía una visión típicamente mecánica del cuerpo y sus enfermedades. Él creía que la enfermedad era causada por la variación en el “flujo” de la energía nerviosa a través del sistema. A medida que los órganos primarios como el corazón y el cerebro se van bloqueando e irritando, comunican esta información a otras partes del cuerpo, conduciendo a la debilidad general. Las afecciones nerviosas eran igualmente mecánicas. Podían provenir de la presión directa de la sangre agitada, que podía ser aliviada por la sangría. La inflamación física pura era tratada con medicamentos ácidos o alcalinos, los primeros para contrabalancear un exceso alcalino, los últimos para hacerlo con una abundancia ácida.

Como el cuerpo era algo así como una gelatina irritable y grasosa, el rol de los medicamentos era en general excitar esa gelatina, estimular su irritabilidad y disponerla hacia un espasmo correctivo. En superficie, esto no es llamativamente diferente a la homeopatía, excepto porque los medicamentos de Cullen eran siempre contrarios, por lo tanto irritativos, y su  concepto de “cuerpo” era el de un sólido relativamente simple. Su tendencia, entonces, era reducir las enfermedades a un número de inflamaciones y bloqueos, y a clasificar cualquier forma variante como subcategorías de las formas mayores. De esta manera, el número de medicamentos podía ser determinado por los tipos de espasmos necesarios para limpiar de enfermedades al sistema. La analogía con la homeopatía sobre el tema general de la irritabilidad no es enteramente accidental, porque Cullen era un seguidor de Georg Ernst Stahl y de la temprana escuela Montpellier de los vitalistas. Para él sólo era necesario reemplazar el ánima de Stahl, un elemento curativo y regulador natural, armonioso y auto correctivo, por una irritabilidad de tipo tisular, para llegar al Solidismo. Cullen y Hahnemann colisionan en las traducciones que este último hace del primero.

Cullen rechaza la noción de que la corteza peruana (quinina) puede tener un efecto específico (es decir, inexplicable) en el tratamiento de la fiebre intermitente; él dice que sólo es un tónico compuesto, que une las cualidades astringentes y amargas que se combinan para darle un poder. El traductor disiente aquí y, en sus notas de la página 108 del segundo volumen del trabajo de Cullen, ofrece una solución diferente:

“Al combinar los más fuertes astringentes con los más fuertes amargos podemos obtener un compuesto que, en pequeñas dosis, posee más de ambas propiedades que la corteza y, aun así, en toda la Eternidad ningún especifico para la fiebre puede elaborarse a partir de tal compuesto. El autor debiera haber notado esto. El principio no descubierto del efecto de la corteza probablemente es difícil de encontrar. Consideremos lo siguiente: sustancias que producen alguna clase de fiebre (café muy fuerte, pimienta, árnica, ignatia, arsénico) actúan contra estos tipos de fiebre intermitente. Yo tomé durante algunos días, como un experimento, cuatro dracmas de buena china (cinchona, una fuente de quinina) dos veces por día. Al principio, mis pies y yemas de los dedos se volvieron fríos; me puse lánguido y mareado; luego mi corazón comenzó a palpitar. Mi pulso se puso duro y rápido; una ansiedad y un temblor intolerables (pero sin contractura), postración en todos los miembros; después, pulsación en la cabeza, enrojecimiento de las mejillas, sed. En resumen, todos los síntomas usualmente asociados con la fiebre intermitente aparecieron sucesivamente, pero sin real severidad… Este paroxismo duró 2 á 3 horas cada vez y recurría cuando yo repetía la dosis y no de otro modo. Dejé de consumir el medicamento y volví a gozar de buena salud”.

El debut de la homeopatía en una nota a pie de página sugiere que Hahnemann intentaba la erudición más que el invento. La curación a través de similares medicinales fue, durante siglos, una honrada forma de tratar la enfermedad. Seguramente, Hahnemann se había encontrado con ella cientos de veces en sus lecturas y traducciones. A ello le estaba sumando un experimento efectivo y casi anti-intelectual. La implicación era obvia: olvidar categorías y filosofía, y testar las cosas personal y empíricamente. Su confianza y tesón eran tales que usualmente olvidaba que los demás no tenían ni su aprendizaje ni su impecabilidad. Él deseaba ser útil, pero sonaba auto-enamorado e irritable. Otros doctores se quejaron inmediatamente: ¿de qué sirve la información personal idiosincrásica? ¿Debemos probar todos los medicamentos sobre nosotros mismos aun con riesgo mortal?

Hahnemann tomó en su vida temprana diversas posiciones médicas, pero siempre las resignaba y retornaba a las traducciones y a la investigación. En 1781, cuando tenía 26 años, se casó con la hija de 17 años del farmacéutico local en Gohmern, y después de servir en Dresden como oficial médico de salud, se mudó a Leipzig para estar cerca de la universidad. Aquí Hahnemann tradujo a Cullen, pero la real controversia que generó no fue en absoluto homeopática.

En 1792, el emperador Leopoldo II de Austria, una importante figura en la estrategia entre Alemania y la Francia de Napoleón, murió bajo tratamiento de emergencia a cargo de tres médicos. Por la delicadeza política de la situación, los doctores publicaron una descripción completa de la enfermedad de Leopoldo, su tratamiento, y la resultante muerte del paciente. Hahnemann respondió en un diario de Gotha: “Los boletines afirman: En la mañana del 28 de febrero, el médico del Emperador, Lagusius, encontró una severa fiebre y abdomen distendido. Él trató de vencer la condición mediante la venusección (sangría) y, como esto falló en dar alivio, repitió el proceso otras tres veces sin mejor resultado. Nosotros preguntamos, desde un punto de vista científico, ¿de acuerdo con qué principios tiene alguien el derecho de ordenar una segunda sangría cuando la primera falló en brindar alivio? Y para una tercera, ¡el cielo nos asista!; ¡pero extraer sangre por cuarta vez cuando los tres intentos previos fallaron en  brindar alivio! ¡Extraer el fluido de vida cuatro veces en veinticuatro horas de un hombre que ha perdido carne producto del sobre trabajo mental combinado con una diarrea de larga evolución, sin proveer ningún alivio! La ciencia palidece ante esto”.

Hahnemann originó la homeopatía, pero él ya era, por inclinación, un pragmático y un holista. Se opuso a precedentes no testados, propuso la reevaluación de todo remedio y toda técnica. Su ascetismo médico y cristiano lo hicieron escrupuloso en lo concerniente al estilo de vida y la dieta. En un tiempo de pobre ventilación en las casas, miedo al aire fresco, y agua y comida contaminadas, él prescribía ejercicio, comidas nutritivas, agua corriente limpia y ventanas abiertas. Su espiritualidad no interfería con su sentido de naturaleza viviente y benefactora y su intuición de la enfermedad invisible no impidió que discerniera el gran peligro de los microbios y la infección.

Constituye una ironía de la historia médica el que el hombre que más parece oponerse a la teoría moderna de los gérmenes como hipótesis primaria de la enfermedad, fue un temprano abogado del hervir los utensilios utilizados por pacientes de enfermedades contagiosas y de aislar de otros a aquellos pacientes, ya fuera en un hospital o en una casa privada. Criticó la hidroterapia (tratamiento con agua fría) y los baños minerales por considerarlos ineficaces, y a la farmacéutica convencional y la sangría excesivos y poco saludables. Criticó con igual intensidad los tratamientos convencionales de pacientes mentales, los cuales combinaban la más cruda cirugía craneal con los castigos criminales. Los médicos  a menudo tomaban en serio el lenguaje provocativo de los pacientes psiquiátricos y respondían a los insultos con otros insultos, y al comportamiento antisocial con castigos. Hahnemann argumentaba que el comportamiento aberrante era una enfermedad en absoluto diferente a una dolencia física. Esta unidad mente/cuerpo llegó a ser un criterio básico de la homeopatía.

Hahnemann tomó la salud pública como una responsabilidad personal y escribió libros y panfletos educativos, en uno de los cuales aparece el siguiente análisis:

“Para ahorrar en combustible y alquileres altos, a menudo se juntaban en grupo familias pobres, frecuentemente en una sola habitación, y cuidadosamente impedían que entrara el mínimo de aire fresco a través de ventanas o puertas, ya que eso también dejaría entrar el frío. En estos lugares. las exhalaciones animales de la transpiración y el aliento se tornan concentradas, estancadas y descompuestas; los pulmones de una persona tratan de hacer lo mejor para quitarle a los otros la pequeña cantidad remanente de aire dador de vida, exhalando en intercambio las impurezas de la sangre. La pobre iluminación melancólica de sus ventanas pequeñas y oscurecidas se combina con la enervante humedad y el rancio olor de viejos tapetes y trastos en descomposición; miedo, envidia, beligerancia y otras pasiones contribuyen a destruir por completo la poca salud allí existente; todo esto sólo puede ser conocido por aquel cuya vocación lo ha llevado a entrar en estas chozas de miseria. Aquí, las epidemias no sólo continúan extendiéndose con facilidad y casi incesantemente si por casualidad allí cayó el mínimo germen, sino que es aquí donde éstas realmente se originan, estallan y se tornan fatales aun para ciudadanos más afortunados”.

Durante los años que precedieron a la escritura de su Organon, Hahnemann no tuvo residencia fija ni pudo llegar a buenos términos con la medicina profesional. Luego de un intento sin éxito en un hospital mental en Gotha, pasó diez años mudándose de la ciudad al campo, intentando ganarse la vida. Su carrera misma estuvo marcada por curas brillantes pero también por incesantes controversias. Su insistencia en hacer sus propios medicamentos y ejercer en forma no ortodoxa, alienaba tanto a farmacéuticos como a médicos. En un caso muy publicitado, un cierto príncipe Schuarzenberg murió luego de abandonar el tratamiento de Hahnemann y recurrir a las sangrías de sus propios médicos. Hahnemann acompañó la procesión de su funeral para mostrar respeto y para poner en escena  la convicción de su propia inocencia en el deceso.

Estos fueron tiempos dolorosos, en los que fue testigo de la enfermedad y muerte de sus propios hijos. Investigó el sistema de medicina existente en busca de los remedios faltantes y finalmente concluyó, con desesperanza:

“Luego de mil a dos mil años, entonces, no avanzamos demasiado”

Lo que faltaba urgentemente era un sistema que explicara la variedad de enfermedades y ofreciera una estrategia de tratamiento consistente. Los hipocráticos habían descubierto importantes medicamentos, pero su sistema era una masa de contradicciones. Y la medicina desde esa época sólo había contestado sus propias preguntas en improductivos círculos. Nadie sabía por qué una enfermedad se expresaba con fiebre, otra con escalofríos, ni cómo realmente afectaban a una dolencia el calor de un baño o el espíritu de un tónico. Además, Hahnemann tampoco podía aceptar a Paracelso porque no creía que la naturaleza se expresara a través de símbolos ocultos. Aun así, tomaba conciencia de que Paracelso practicaba la Ley de Similares con convicción y a partir de la experiencia, y consideraba, como un químico, las posibilidades que encerraba la alquimia a pesar de rechazar las fórmulas específicas.

Más que cualquiera de sus contemporáneos, Hahnemann comprendía cuán serio asunto era el de la enfermedad, y cuán poco equipada estaba la ciencia para enfrentarlo. Las profundidades de la enfermedad eran como las profundidades de la historia misma, las profundidades de una naturaleza maravillosa y terrorífica. Era la invasión de una armada inconquistable, esparciendo la guerra y la pobreza y amenazando a toda la humanidad bajo su dominio. Comparado con este enemigo, Napoleón era un colegial. La armada invasora no era extranjera, tampoco extraña al hombre: era la corrupción sustancial de la propia naturaleza del hombre. El cristiano devoto en Hahnemann lo llevó a asociar esa corrupción al pecado original. Ya dejamos de utilizar este tipo de lenguaje, pero en pleno siglo XX hablamos, por primera vez, en términos científicos, sobre cómo el hombre es su propio enemigo y cómo la enfermedad y el “doctor” colaboran a través de todas las épocas para engendrar la sociedad. Hahnemann advirtió que el hombre ya no deseaba estar bien ni sabía cómo estarlo y que la supervivencia planetaria estaba amenazada. Él demandaba que los médicos recobraran el sentido común antes que fuese tarde.

Mientras escribía el Organon, Hahnemann reflexionaba sobre su trayectoria en una carta a un amigo cercano que era profesor de patología: “Durante dieciocho años me he desviado de la práctica ordinaria del arte médico… Mi sentido del deber no me permitiría fácilmente tratar el estado patológico desconocido de mis hermanos sufrientes con estos desconocidos medicamentos. Si no son exactamente adecuados (y, ¿cómo podría el médico saber eso, ya que sus efectos específicos todavía no han sido demostrados?), con su alta potencia podrían convertir la vida en muerte e inducir nuevos desórdenes y enfermedades crónicas, a menudo más difíciles de erradicar que la dolencia original. La sola idea de convertirme de esta manera en asesino o malefactor de la vida de mis semejantes humanos fue lo más terrible para mí, tan terrible y perturbador que abandoné completamente la práctica en los primeros años de mi vida matrimonial. No traté a casi nadie por temor a dañarlo, y me dediqué únicamente a la química y a la escritura.”

“Pero luego tuve hijos, varios hijos, y después de un tiempo sobrevinieron serias enfermedades, las cuales, al atormentar y poner en peligro a mis hijos, mi propia carne y sangre, convirtió en más doloroso mi sentido del deber, ya que con ningún grado de seguridad pude procurar ayuda para ellos… es que, ¿existía entonces alguna posible ayuda?” –era el anhelante lamento del inconsolable padre en medio de los lamentos de sus hijos, queridos para él por sobre todo. “La noche y la desolación a mi alrededor –ninguna perspectiva de iluminación para mi afligido corazón paternal”.

 

En 1796 apareció, bajo la autoría de Hahnemann, “Ensayo sobre un nuevo principio para determinar los poderes curativos de las drogas, y algunas investigaciones sobre los principios previos”. Él rechazaba la cura por contrarios por tratar ésta solamente con síntomas. Descartaba toda acción excitativa, incitativa, depurativa, calorífica y refrigerante de los medicamentos: éstas eran el resultado del alivio. Identificó el poder curativo de los medicamentos exclusivamente como su capacidad de producir enfermedades específicas. El organismo tenía dos repuestas a tales medicamentos: agravación por la similitud, seguido por la estimulación de la fuerza vital. En su definición de la homeopatía como la única medicina científica, Hahnemann se quitó de sus propios hombros el peso del miedo y la duda y lo transfirió a la medicina corriente, la cual continuó luchando tan deslucidamente durante el siglo y medio siguiente.

En el mismo ensayo, Hahnemann propuso una teoría básica de interacción de la enfermedad. Una condición crónica severa, decía él, impediría que una enfermedad aguda de menor severidad se apoderase de un sistema, pero esto no era saludable aunque redujera la sintomatología molesta. Una enfermedad aguda de mayor severidad podría tomar, y en el proceso, “curar”, la enfermedad crónica, pero los síntomas antiguos siempre retornarían. Hahnemann notó la similitud entre la vacunación y la homeopatía; por ejemplo, la inoculación con varicela no sólo protegía contra la varicela sino que a menudo curaba otras enfermedades, incluyendo la sordera, la disentería y los testículos inflamados. Aun así, la vacunación indiscriminada de grandes poblaciones no tomaba en cuenta los mecanismos de defensa individuales y era peligrosa. Él sentía que un individuo que podía ser vacunado con éxito contra una enfermedad, de todas maneras sería inmune o podría ser curado homeopáticamente, mientras que una persona sensible a la inoculación, de otra manera desarrollaría una enfermedad crónica por la presencia de esta sustancia extraña en su sistema o, más precisamente,  por su efecto inicial sobre su equilibrio interno.

Hahnemann comenzó la ciencia de la homeopatía probando él mismo diferentes sustancias y registrando las enfermedades “artificiales” que inducían. Prefería los venenos mortales por su poder inherente. Por supuesto, sus experimentos con pequeñas dosis de acónito, estricnina y belladona sorprendieron y espantaron a la profesión médica.

Es erróneo asumir que Hahnemann adoptó completamente la homeopatía en 1796 y nunca miró hacia atrás. Fue cuidadoso en su confianza sobre el nuevo conocimiento que ideó. Por ejemplo, él menciona, en un caso de parasitosis intestinal, haber utilizado más de dieciséis medicamentos alopáticos antes de intentar desesperadamente con el heléboro blanco por su capacidad de producir un cólico semejante al del paciente. El resultado fue un cólico tan violento que la persona casi murió; pero después mejoró rápida y permanentemente. De esto Hahnemann aprendió que la enfermedad artificial puede ser tan peligrosa como la original.

Para obtener una respuesta más suave, Hahnemann intentó diluir sus medicamentos más aun, con la esperanza de encontrar el punto en el que todavía conservaran su efecto pero su agravación fuera mínima. Como era de esperar, encontró que las diluciones de sustancias generaban menor agravación, pero también poseían menor valor medicinal. Luego intentó sacudir los frascos fuertemente en cada dilución. Es incierto aquello que lo impulsó a probar esto, y no existe una sola explicación en los estudios conocidos de Hahnemann, aunque distintos hermeticismos, incluyendo la alquimia, incitaban a la interacción creativa con sustancias. La literatura etnográfica posterior muestra que pueblos primitivos preparan medicamentos machacando, moliendo, soplando, apuntando hacia el sol o las estrellas, frotando con coral y marfil, golpeando con el puño una vez (en el caso de las hojas), y (en el caso del polen) sofocando un pájaro en el medicamento antes de su utilización –todo para despertar los espíritus en el medicamento o atraer los espíritus para fijarlos a él. Los médicos africanos han sostenido que los medicamentos no contienen poder en sí mismos sino que lo obtienen del contacto dinámico. El erudito Hahnemann pudo haber tenido contacto con este saber.

De cualquier modo, con sus nuevas diluciones sacudidas, Hahnemann dio los mismos pasos y se aproximó otra vez al umbral de la efectividad. Los resultados fueron asombrosos, y todavía son asombrosos: cuanto más pequeña es la dosis, no sólo es menor la agravación primaria sino más profunda la curación secundaria. No había razón que impidiera llevar este fenómeno hasta el límite. Las dosis originales homeopáticas eran a veces tan altas  como setenta gramos de sustancia, pero comúnmente consistían en cinco gramos. Desde 1799 hasta 1801, él empezó a usar dosis notablemente menores, mencionando 1/5.000.000 de grano de opio, 1/432.000 de grano de fruto seco de belladona. Durante su vida, él llegó hasta la 13ª  centesimal (“esto no puede llegar hasta el infinito”, escribió, pero él ya estaba en el infinito, y había abierto una caja de Pandora). Más que cualquier cosa, la micro dosis de todas maneras desharía la homeopatía desde afuera y desde adentro, llevando la experimentación de los remedios fuera de los límites de la química convencional y dividiendo a los seguidores de Hahnemann inexorablemente con respecto a los significados y límites de las diluciones. Las críticas a la micro dosis eran absolutas y severísimas desde el mismo comienzo. El doctor Hermann Schnaubert de Cahla escribió satíricamente:

“La muerte no posee más poder sobre el hombre. Los homeópatas le han robado su aguijón. Porque si agitando y frotando una sustancia medicinal muerta, reducida a un tamaño inimaginable, pueden darle un poder efectivo que excede toda comprensión, seguramente nadie se sorprenderá si ve cadáveres vueltos a la vida por haberlos agitado y frotado durante un lapso apropiado”.

El dilema fue planteado por la falta de habilidad de los homeópatas para encontrar un límite en las diluciones que fuera más que mera predilección personal. Si cada dilución fuera sucesivamente más  poderosa, la promesa final sería aterradora. Seguramente existen diferentes diluciones ideales que responden armónicamente a diferentes planos de la enfermedad y que la potenciación constante por dilución y sucusión vuelve inefectivos a algunos medicamentos mientras que hace surgir la efectividad de otros. Tales diluciones altas pueden tener particular relevancia para enfermedades modernas. También las potencias específicas podrían contener sutilezas y propiedades desconocidas pero no mayor poder absoluto. Ya que los remedios funcionan a través del mecanismo de defensa y la fuerza vital, difícilmente puedan levantar a los muertos.

Cuando la micro dosis llegó por vez primera a Norteamérica con los médicos europeos inmigrantes, el significado completo del sistema no fue comprendido en este país, en parte por el lenguaje extranjero de los textos originales. Pero a medida que los doctores americanos comenzaron a ver lo que se proponía, la respuesta fue irrisoria. En su historia  de la medicina americana, Harris Coulter señala:

“Un médico estimó que un volumen de agua 61 veces mayor que el tamaño de la Tierra era necesario para la decimoquinta dilución. Otros hablaban en términos del Mar Caspio o el Mediterráneo, del lago Hurón o el Superior. Un hombre calculó que 140.000 toneles de arsénico eran arrojados cada año a los ríos Ohio y Mississipi por el envenenamiento de ratas en Pittsburg y Saint Louis, lo que elevaba el agua del Mississipi a la 4ª  dinamización, pero esto aparentemente no tenía efectos sobre la gente que vivía aguas abajo”.

El cita otros dos ataques:

“De acuerdo con este punto de vista, es la influencia espiritual del sable la que atraviesa el cuerpo, no su forma material. Es la influencia espiritual del garrote la que rompe el cráneo. Es la influencia espiritual de las cebollas fritas la que causa un ataque de cólera morbus”.

Y: “Esta espiritualización de la materia a través de la trituración es un insulto a la filosofía moderna y en referencia a esta espiritualización y tendencia al misticismo, es el mero resultado accidental de las formas de pensamiento en Alemania, donde la ciencia está tan cargada de espíritus como la poesía”.

Las dificultades planteadas en estos comentarios no tienen resolución. En los años subsiguientes se practicó la homeopatía porque aparentemente funcionaba, no porque pudiera ser explicada. Mientras Hahnemann el médico produjo miles de discípulos que probaron los remedios con los mismos resultados, Hahnemann el filósofo y metafísico produjo sólo grandes acertijos y controversias que su propio temperamento y circunstancia no estaban preparados para manejar.

Desde 1805 hasta 1812 vivió en Torgau, cerca de su lugar natal en el Elba, trató pacientes con entusiasmo y escribió su Organon, el libro que luego constituyó el fundamento de la homeopatía. Fue publicado en 1810.

Dada la propuesta radical del texto, el libro fue analizado ampliamente por la profesión médica, siendo la opinión general que el autor tenía mucho de importante para decir sobre la ley de similaridad, una ancestral y bien conocida doctrina, pero tendía a extenderla hacia áreas donde no era apropiada ni indicada. Los médicos eran lo suficientemente presumidos para no tomar conciencia que el ataque de Hahnemann a la medicina era total, por lo que fue tratado como un excéntrico con una especialidad.

El enojo de Hahnemann por ser esencialmente ignorado cambió su vida. Retornó a Leipzig para buscar un cargo público y con la conferencia sobre el heléboro, dictada en 1810, se ganó el derecho a disertar para estudiantes de medicina, como describiéramos anteriormente. En el período invernal de 1812, el fundador de la homeopatía, a los 57 años de edad y casi calvo, excéntrica pero elegantemente vestido, presentó su medicina New Age. A medida que el rumor se esparció, la audiencia aumentó. Pero él fue considerado un entretenimiento a causa de su enfurecimiento y sus blasfemias contra la profesión toda. En general, no se lo tomó en serio y sus colegas lo menospreciaron y se burlaron de él. Pero no era la aceptación de ellos lo que buscaba. En la universidad se hizo finalmente de un grupo de discípulos leales entre los estudiantes de medicina. Junto con ellos, organizó las primeras repertorizaciones controladas y esparció la homeopatía por el mundo.

Escribe uno de ellos: “Vivíamos muy felices juntos, poco pendientes de las miradas y críticas de nuestros colegas. Nos dedicábamos a nuestros estudios fiel y honestamente y nos reuníamos ocasionalmente en casa de nuestro maestro Hahnemann después de las ocho de la noche.

“Fue después que se formó un pequeño círculo alrededor de Hahnemann, quien tuvo que tolerar mucha burla e ironía y en casos maliciosos, odio y persecución, no sólo durante los años de estudiantes, sino mucho más allá de ellos. Pude siempre recordar con claridad cuan preocupado estaba Hornburg en su examen final ante los viejos sesos, apenas evitando ser reprobado, mientras que estúpidos miserables, que ni llegaban a la altura de sus botas, aprobaban fácilmente y hoy día son médicos de mente estrecha pero exitosos”.

La homeopatía era un concepto totalmente nuevo por lo que Hahnemann enseñó a sus discípulos a preparar medicamentos desde cero, colectando las plantas, minerales e insectos, etc., y haciendo las diluciones y sucusiones a mano. A pesar de la creciente popularidad del sistema, y la fama de Hahnemann como sanador, los homeópatas nunca obtuvieron más que derechos temporarios y condicionales a prescribir medicamentos en Leipzig. Los farmacéuticos locales lucharon por mantener su control sobre toda la farmacopea en la ciudad, a pesar de que no comprendieron de forma alguna lo que implicaba la micro dosis.

A medida que se tornó más claro que no estaba siendo comprendido, creció la amargura de Hahnemann, y en 1821, se retiró a Kothen, en Anhalt, al norte de Sajonia, donde vivió bajo la protección del duque Ferdinando, a quién había tratado exitosamente. Allí escribió su último gran trabajo, “Las enfermedades crónicas, su naturaleza peculiar y su cura homeopática”, que apareció en 1828. Como “Civilización y sus descontentos” de Freud, también un tardío libro del fundador de un sistema, es una reevaluación pesimista de las enfermedades de la humanidad y de la posibilidad de cualquier cura extensiva o duradera. Freud expuso las miserias, guerras y crímenes de la humanidad como indicios de la inhabilidad del hombre para tratar con la condición biofísica esencial de la vida; ya que la civilización había suprimido la naturaleza verdadera del hombre, ningún sistema psicoanalítico podía ofrecer más que un alivio superficial. Lo mismo con Hahnemann. Años de práctica le había mostrado que la enfermedad no era tan curable como una vez pensó, aún con la ley de similares y la micro dosis. Explicó esta patología persistente como la enfermedad colectiva y acumulada del hombre en civilización. Más aún, comprendió que el fracaso de la homeopatía era un síntoma de esa misma patología. Los primeros homeópatas a menudo pasaban por alto este volumen por el optimismo de sus propias prácticas, pero generaciones posteriores extrajeron las conclusiones desesperadas. Si el Organon es el texto de la homeopatía práctica, “Enfermedades crónicas” es la Biblia de la homeopatía esotérica.

El libro explica el significado original de la enfermedad. La psora, o prurito, era el malestar primario, con la lepra como su florescencia desenfrenada. Síntomas externos de prurito –erupciones, granitos, llagas y forúnculos, eran a menudo eliminados, pero el prurito interno persistía. Deprivado de su desembocadura sobre la piel, el prurito penetraba y debilitaba los órganos internos. Era hereditario al nivel en que había sido suprimido. Por lo tanto un niño nace sano sólo si no posee manifestaciones externas de la enfermedad, pero lleva en su interior el potencial psórico acumulado en su carne durante las generaciones.

Toda la historia es re escrita como la internalización de enfermedades de superficie por la humanidad. Estas internalizaciones son integradas como predisposiciones sintomáticas, penetrando eventualmente el plano mental, desde el cual son exteriorizadas como productos de civilización –no sólo su armamento sino su arte, no sólo su odio y desesperanza sino también la calidad de su amor y visión, no sólo los “enfermos” que lideran sino también los “sanos” que deben obedecer. Hemos internalizado algo que nunca fue destinado a estar dentro de nosotros. Una vez allí, se convierte en nosotros. Para entonces, hemos perdido nuestro destino.

El paciente individual debe ahora ser tratado no sólo por las afecciones que tiene o aquellas que ha padecido en su vida, sino también por el nivel de enfermedad en el que ha nacido. Este es el escenario:

“La humanidad está más lejos del cambio en la forma externa de la psora –desde la lepra hasta la erupción del prurito- no sólo porque este es menos visible y más secreto y por lo tanto más frecuentemente infeccioso, sino también porque la psora ahora mitigada externamente convirtiéndose en una mera picazón, y sobre esta base más generalmente esparcida,  aún así retiene todavía su terrible naturaleza original. Ahora, luego de haber sido reprimida fácilmente, la enfermedad crece por dentro, pasando desapercibida y entonces, en los últimos tres siglos, después de la destrucción de su síntoma capital (la erupción cutánea externa) juega el triste rol de causar innumerables síntomas secundarios; por ejemplo, da origen a una legión de enfermedades crónicas cuya fuente los médicos ni suponen ni descifran, y que entonces, no pueden curarlas, menos aun de lo que podrían lograr con la enfermedad original, cuando está acompañada de su erupción cutánea. Pero estas enfermedades crónicas, como lo demuestra la experiencia diaria, fueron necesariamente agravadas por la variedad de remedios errados”.

Los homeópatas orientados más prácticamente ven “Las enfermedades crónicas” principalmente como una afirmación de la importancia de las afecciones cutáneas, su relación con otras condiciones orgánicas y mentales, y el peligro de reprimirlas. Con todo, este es un nuevo Hahnemann apocalíptico, parado en el punto clave de los siglos, ofreciendo a la humanidad su primera oportunidad en miles de miles de años de romper con un flagelo prehistórico. El siguiente párrafo continúa así:

“Tan enorme torrente de innumerables problemas nerviosos, afecciones dolorosas, espasmos, úlceras (cánceres), formaciones extrañas, discrasias, parálisis, consunciones y deformaciones de alma, mente y cuerpo, nunca fue visto en tiempos anteriores en los que la psora estaba confinada mayormente en su pavoroso síntoma cutáneo, la lepra. Sólo durante los pocos últimos siglos, la humanidad ha sido inundada con estas enfermedades”.

Hahnemann continúa y atribuye siete octavos de todas las enfermedades crónicas a la psora suprimida –psora tan profundamente suprimida que una sucesión de remedios es necesaria para desenmarañar la arqueología de la enfermedad en cualquier individuo.

De acuerdo con Hahnemann, los otros dos miasmas crónicos, la sífilis y la sicosis, son relativamente modernos; se forman como complicaciones de la psora y son usualmente tratables con mercurio y ácido nítrico (sífilis) y thuja (sicosis). En un nivel, sífilis y sicosis (del griego sykosis, de sykon, higo, no psiche, por lo tanto enfermedad escrofularia, esto es gonorrea, no psicosis) son las enfermedades venéreas. Su relación con la psora está completamente ligada a su heredabilidad y expresión genital. Descansan sobre la psora y son el campo en el que ésta se esconde y expresa. En un sentido no son más que complicaciones venéreo-genéticas de la psora básica. En otro sentido, su complejidad suprime aún el patrón natural de la psora y lo convierte en una  vibración más errática. Mientras que la psora abunda y es infecciosa a niveles inimaginables, la germinación de estos otros miasmas requiere el contacto genital directo o la transferencia genética a través de la descendencia. Son extremadamente profundos emocional y espiritualmente, y sus síntomas individuales y venéreos  interactúan con disturbios psóricos anteriores para incrementar la patología y llevar a la locura. Hacen incurable a la psora hasta que un remedio es utilizado contra el miasma que está por encima.

Como libro, “Las enfermedades crónicas” es principalmente una lista voluminosa de síntomas psóricos seguida de 600 páginas de remedios anti psóricos y sus indicaciones. Desde el tiempo de Hahnemann, miasmas posteriores han sido enunciados, y su aparición por sobre los tres niveles previos es tomada como una indicación del continuo deterioro del hombre.

Ostensiblemente, somos ahora más miasmáticos que humanos, y una homilía homeopática actual sostiene que fue la predisposición sifilítica de Beethoven la que le permitió crear tan bella música –y el miasma sifilítico en nosotros el que la escucha como bella.

Mientras que los escritos tempranos de Hahnemann enfatizan la enfermedad como un disturbio constitucional curable a través de una estimulación de la fuerza vital mediante un único y correcto remedio en bajas potencias, el Hahnemann posterior no sólo creía en las potencias altas sino que paradójicamente inventó la escala más diluida en la historia de la ciencia física, como una expresión de ellas: la milesimal.

Muchos movimientos homeopáticos emergieron, no sólo en Leipzig, donde las semillas fueron sembradas, sino también todo a lo largo de Europa y América. Hahnemann mismo, continuó teniendo éxito médico, y su fama se esparció, en parte por sus curas durante la epidemia europea de cólera de 1831-32. En una percepción que antecede a la microbiología, describe ciertas entidades patológicas diminutas. Describe el “miasma colérico” como un “organismo de orden inferior” y luego habla de “una nube invisible de quizás millones de estos organismos vivientes miasmáticos, los cuales, vieron por primera vez la vida en las amplias y cenagosas costas del tibio Ganges, y están buscando continuamente al hombre para destruirlo”.

Sus investigaciones lo habían llevado bastante más allá de la propuesta original, pero, cuando bajó, como Moisés de la montaña, encontró a sus discípulos adorando a los ídolos, y rompió las tablas. La homeopatía sobrevivió la ruptura por un largo tiempo, pero eventualmente, ésta demostró ser fatal.

“He escuchado por largo tiempo con desagrado” –escribió enojado en un diario- “que algunos en Leipzig, que simulan ser homeópatas, permiten a sus pacientes elegir si serán tratados homeopática o alopáticamente… que no requieran de mí, que yo los reconozca como verdaderos discípulos míos”.

“Sangrías, la aplicación de sanguijuelas y moscas españolas, el uso de fontanelas y sedales, emplastos de mostaza y bolsas medicamentosas, masajes con emolientes y pomadas y tinturas aromáticas, eméticos purgantes, varias clases de baños calientes, dosis perniciosas de calomel, quinina, opio y almizcle, son algunas de las charlatanerías a través de las cuales, cuando utilizadas en conjunto con prescripciones homeopáticas, podemos reconocer al cripto-homeópata, tratando de volverse popular… Ellos se jactan en la cuna de la ciencia homeopática (como suelen llamar a Leipzig) donde su fundador dio sus primeros pasos como maestro. Pero ¡cuidado!. Nunca los he acreditado; alejaos de mí; médicos ………” (El diario decidió no imprimir la palabra).

En los últimos años de su vida, Hahnemann no sólo fue un purista, sino también totalmente impredecible. Renegó de los doctores y hospitales a los que inicialmente había bendecido y ayudado a financiar. A medida que su fama se esparcía, cobraba altas sumas de dinero por sus servicios mientras continuaba aislado trabajando en las siguientes ediciones del Organon. Ya estaba rodeado de controversia y mito cuando, un evento singular y sorpresivo apartó al doctor de sus discípulos y de la práctica en Alemania de forma tan  inesperada como una aparición angelical.

La esposa de Hahnemann murió a los 49 años en la primavera de 1830 y, en 1834, una mujer francesa, de 32 años de edad, habiendo sido inspirada por el Organon, llegó a Kothen, ostensiblemente para conocer al autor en persona y buscar su ayuda. Tuvieron un diálogo encendido, ella se quedó; su amistad continuó. Hahnemann propuso y se casaron en junio de 1835. Hahnemann tenía 80 años. Siempre había prescripto el casamiento, en una ocasión, justo antes de volver a casarse denominándolo “un específico general para el cuerpo y el alma”. Con Marie Melanie Hahnemann, se mudó a París, donde ella lo presentó triunfalmente a la comunidad homeopática francesa, como si después de un viaje secreto a la tierra de los maestros, ella hubiera recuperado al mismísimo Hipócrates.

Hahnemann vivió en París hasta su octogésimo noveno año, practicando la medicina, continuando sus revisiones de sus libros y predicando contra los estragos de la alopatía y los híbridos. Fue muy cuidado, admirado y consentido. La controversia que rodeó su partida de Leipzig, no obstante, creció en su ausencia. Informes provenientes de París indicaron que su joven esposa se había hecho cargo de su práctica, que nadie podía ver a Hahnemann excepto a través de ella, y que ella hacía el diagnóstico y prescribía mientras él se sentaba, impasible y observador, aprobando su tarea.

Aparentemente, madame Hahnemann sí se hizo cargo de la práctica de su marido, pero ninguna conclusión fácil puede extraerse de esto, y ciertamente no que el anciano estaba embrujado y corrompido por ella. Él eligió esta particular forma de retiro y discipulado a través de ella. Quizás vio en ella una fuerza, porque en verdad ella se convirtió en una médica homeópata de renombre.

Desde su puesto de avanzada en París, Hahnemann fue capaz de promover la extensión y el avance de la homeopatía. Su instrucción de un médico inglés de la India condujo a la fundación de una apartada tradición homeopática hindú.

Si constituyó una declinación o senilidad, fue una muy energética, como si Hahnemann hubiera buscado probar su sistema a través de su propia vitalidad. También existe un lado oscuro en este asunto. Él interrumpió todo contacto con sus antiguos asociados y abandonó a su familia en Sajonia, por propia voluntad y en sus cabales. Su muerte, el 2 de julio de l843, permaneció inanunciada por varias semanas, y su entierro fue absolutamente privado, desconocido para sus amigos y familiares, tanto en Francia como en Sajonia. Marie Melanie Hahnemann enterró a su esposo sobre otros dos maridos a los que ella ya había sobrevivido a la edad de 32, en la misma bóveda –y ella mantuvo la sexta revisión del Organon fuera de circulación durante toda su vida.

Hahnemann fue toda su vida un cristiano puritano. Obsesionado con mantenerse sano, apuntaló su educación con ejercicio regular. A pesar de que su primer matrimonio muestra alguna tendencia romántica, fue un no romántico casi hasta el final; un padre, un educador y maestro que no hacía concesiones –y absolutamente ciego a cualquier otro sistema psicológico o espiritual. Tenía el tipo de mente y atención que apunta al centro de las cosas a través de todas las distracciones y excentricidades de una era. Pero nunca apuntó ese análisis sobre su propia condición, ya sea su condición psico espiritual o la inteligencia cognitiva a partir de la cual formó el sistema. Fue un místico solamente por ideología.

Entonces la homeopatía nos llega de Hahnemann como un sistema de eventos concretos en un mundo espiritual. Hay plantas, animales, minerales, personas de carne y hueso, patologías. Más allá de esto hay un patrón de oscilaciones y energías. Mientras la lealtad original de Hahnemann fue hacia la ciencia física, la botánica y la química industrial, para cuando el sistema fue completado, él ya era un hombre anciano, la potencia espiritual había reemplazado a la materia. Fue la ceguera obstinada de Hahnemann la que lo llevó a seguir llamando a este sistema medicina y ciencia, y a intentar brindarlo al mundo como tal -una obstinada ceguera que hizo posible la práctica clínica del sistema. Aún hoy, permanecemos en el seno de esa definición de homeopatía. Porque como Blake mostró, la física también es un sueño del que todavía debemos despertar.

La única manera de retornar a la materia para Hahnemann hubiera sido a través de la mente, pero el nunca admitió la mente en su sistema, de aquí el curso paralelo y sin intersecciones de la homeopatía con respecto a la psiquiatría. Jung, más tarde, introdujo al espíritu en la materia a través de la mente. La fusión ocurrió a través de formas geométricas, leyes científicas, mitos, simultáneamente en flore, estrellas marinas y galaxias, como vimos en las teorías de Whitmont en el último capítulo. Los “arquetipos” son la mente detrás de la materia a través de los cuales la mente en materia se reconoce en sí misma y en todas las cosas.

En lugar de ello, los arquetipos de Hahnemann fueron impresos en globulitos de lactosa y alcohol- cada glóbulo inerte, pero conteniendo un universo a ser manifestado a través de un sistema viviente. Por ignorar la mente, Hahnemann fue forzado a encontrar inteligencia detrás de la materia. Los medicamentos homeopáticos son los arquetipos junguianos.

Finalmente, pareciera, la espiritualidad in diagnosticada de la vida de Hahnemann tomó el control. Su puritanismo rígido condenó a la humanidad a padecer enfermedades crónicas y renunció al mismo movimiento que había impulsado. A la vez, cayó ante las atracciones del Anima y fue extraído de la familia y los discípulos hacia un país extranjero por una joven y atractiva dama habilidosa en tales aventuras, quien acaparó su trabajo final y lo enterró sin nombre en una tumba con sus anteriores amantes.

Parece casi planeado. El renunciar a sus discípulos y su exilio auto-impuesto son el mismo evento.  En forma semejante, su disciplina y rigor son “repertorizados” por esta última hazaña. Constituyó una afirmación más orgullosa y heroica de la vitalidad homeopática escapar de esta manera en vez de quedarse en Leipzig y durar hasta la muerte.

La huida final con Marie Melanie es convincente. Hahnemann ya había medido sus fuerzas hace tiempo en tierras extrañas con voces desconocidas, y, a los ochenta y pico, con su beca completada, finalmente tuvo que seguirlas camino a casa. Él sabía que era el final. El sistema ya era un monolito. Entonces él regresó hacia las fuerzas paganas a las cuales  pertenecía el sistema. La homeopatía había sido su destino y liberación, pero le llevó casi una vida entera llegar allí. Al final, él fue liberado. Pero la homeopatía persiguió a su fundador y una clarificación desde entonces y hasta hoy.

 

 

 

 

 

 

 

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